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El resto de Camboya

22 Dic

Acabado el flipe de los templos de Angkor me dispuse a explorar un poco más Camboya. Tengo que decir que me dejó bastante fría lo que vi, pero que la gente con la que me encontré me dejó con la boca abierta.

Los camboyanos son sencillos, simpáticos, amables, súper educados, y muy muy cotillas. Y por algún motivo que no llegué a entender, todos tienen un gran interés en saber “cuántos hermanos y hermanas tienes”. Si viajáis hasta allí con la desgracia de ser hijos únicos, inventaros un consanguíneo y os evitaréis sus miradas compasivas y decepcionadas…

Lo que sorprende más de este carácter tan afable que se gastan es su pasado. Me parece increíble que un pueblo que ha vivido en guerra y ha sido abusado y masacrado durante su historia reciente pueda ser tan acogedor, confiado y sonriente.

Porque hay que pensar que desde que en el ’69 fueran bombardeados por los americanos en el marco de la guerra de Vietnam, Camboya ha vivido toda clase de penurias. La más significativa de ellas, tras 5 años de guerra civil, fue la llegada al poder de los jemeres rojos, que establecieron régimen dicatorial bajo el término del “socialismo budista” planteando una vuelta al modo de vida tradicional: aboliendo la moneda, impulsado el trabajo agrario, cerrando hospitales y, como plato fuerte, la puesta en marcha de programas de ejecución masiva. Sólo entre el ’75 y el ’79, mataron a 1.7 millones de Camboyanos (el 21% de la población) en los campos de exterminio. Hasta la muerte de Pol Pot, el líder del movimiento, en 1998 no hubo atisbos de cambio. Así que estamos hablando de una tragedia humanitaria que acabó hace poco más de 13 años.

Aún quedan muestras de esto, a modo de museo, y se pueden visitar cerca de Phnom Penh.

El museo Tuol Sleng, en la antigua prisión de máxima seguridad S-21, se encuentra en una antigua escuela que fue transformada por los jemeres rojos en una especie de cárcel y centro de torturas interrogatorios. La prisión vio pasar por entre sus paredes a 20.000 personas entre el 75 y el 79, de los que sólo 7 adultos sobrevivieron. Y como casi todos los genocidas conocidos, los jemeres documentaban sus torturas. El museo está lleno de fotografías (algunas antes y después de las torturas) de los “enemigos del régimen” que pasaron por allí. Hay incluso fotos de niños de 2 años. Para quitar el sueño.

Es estremecedor, especialmente porqu eel edificio sigue pareciendo una escuela, con su patio, sus aulas… y eso lo vuelve todo un poco más macabro si cabe. Como la visita me puso los pelos de punta y me dejó con bastante mal cuerpo no me quedó energía para ir a visitar los killing fields (uno de cientos) de Choeung Ek, que se encuentran a 14kms de la capital. Si tenéis la oportunidad de visitarlos y no sois unos blandos como yo, os lo recomiendo. Hacer turismo es muy bonito, pero los viajeros tenemos la responsabilidad de saber dónde estamos, y es una cuestión de respeto conocer la historia de los países que visitamos en especial cuando es tan cruel como la camboyana.

De Phnom Penh poco más a destacar. El mercado ruso para hacer compritas, el royal palace y a otra cosa mariposa. Ah, os diré que vi su majestad el rey de Camboya. Bueno, para ser sincera, le vi una manita así saludando desde el coche. Parece ser que coincidí con el día de la independecia del país, y el caballero salió a decir “hola” a sus súbditos, que le esperaban muy formalitos frente a su casa.

Desde la capital me trasladé a la playa. en autobús me fui hacia Kep, en la costa sur este, y desde allí me subí en un barquito que me llevó a Koh Tonsay (Rabbit Island). Allí me iba a quedar una noche y acabé quedándome 5. En esta postura:

Es una mini isla a la que se va a no hacer nada. A leer a la sombra del cocotero, a ponerse moreno (yo no eh, sólo los que tienen melanina), a descansar en el bungalow (por entre 5 y 10$ la noche), a ver ponerse el sol desde el agua, y a ponerse tibio de gambas y cangrejo a precios de broma. La felicidad.

Cuando empiezo a temer por mis niveles de ácido úrico, me voy a un poquito más arriba, a Kampot. Allí tenía muchas ganas de hacer la excursión a la Bokor Hill Station, unas ruinas en la montaña con un antiguo casino, un hotel y otros edificios abandonados, medio absorbidos por la jungla… pues bien, no vayáis. Se lo han cargado. Bueno, más bien al revés. Me explico: el megamagnate del país (el mismo que se queda con el dinero de la entrada de Angkor) ha comprado la zona, la está “reconstruyendo”, montando un campo de golf, un casino gigante y un hotel de 5 estrellas. Llego tarde… ya no hay ruinas, sólo obras. Disaster. Por suerte el paseo en barco para ver el sunset desde el río me remonta el día, y me deja relajadita relajadita.

Me quedo un poco a medias con Camboyia. Me han dicho que la zona del interior, la que sigue el Mekong en dirección a Laos y más al Oeste hacia Vietnam vale mucho la pena, que está “unspoiled” y que ofrece cosas mucho más interesantes y auténticas. Espero que sea verdad, y que otros tengáis el tiempo para comprobarlo. Yo no puedo ir así que ya me contaréis. Me las piro hacia Bangkok que tengo papeleo que arreglar…

 

El norte de Laos

10 Nov

La última semanita en este genial país asiático tocó darle caña al norte.
Desde Luang Prabang cogimos un barquito en dirección a Nong Khiaw, un mini pueblito al lado del río entre 2 montañas, un enclave de lo más espectacular. El pueblo en sí no tiene mucho, es chiquitín chiquitín, pero el trayecto en barco hasta allí (5h) es de los más bonitos que se pueden hacer por estos lares. Tenía muchas ganas de hacerlo porque varios viajeros nos lo habían recomendado, y la verdad es que me encantó, tengo las imágenes grabadas en la retina. Pero sólo en la retina, no se por que pero no hice fotos así que os tendrés que fiar de mi palabra. O mejor, ¡os vais para Laos y lo comprobáis por vosotros mismos!

Desde allí, un trajecto en autobús (en 2 autobuses, para ser exactos) nos acercó a Luang Nam Tha, otro pueblo en las montañas. Es famoso por los trekkings de montaña, pero tal vez demasiado famoso, así que los precios están un pelín hinchados. Pero la buena noticia es que, a escasos 60kms hay otro pueblo, llamado Muan Sing, en el que se ofrecen los mismos trekkings a un precio mucho más competitivo. Consejito: los que viajan por libre deberán quedarse en Luang Nam Tha, porque pueden acogerse a algún grupo de trekking abierto. Los viajeros en grupo, miniván y para Muan Sing ya que os harán el trek para vosotros y os saldrá mucho mejor. Las opciones son infinitas. Excursiones de 1 a 5 días, bien por la jungla, por el parque nacional o para ver a las minorías étnicas que viven en las montañas.

Nosotros nos decantamos por la última opción, 2 días de pateo durmiendo en una Akha Village, por el módico precio de 35$ (todo incluído). Y digo “nosotros” porque en Muan Sing, Nuria y yo nos reencontramos con Carlitos y Felipe, los chilenos que conocimos en Halong Bay. Compañía inmejorable para una experiencia inolvidable. Good times!

El tour empezó visitando un templo budista, donde pude aprovechar para preguntarle a nuestro guía Som Chai algunas dudas y para sacar algunas fotos de los monjes.

En el camino visitamos varios pueblos, cruzamos jungla, fuimos atacados por sanguijuelas (asco de bichos), comimos caña de azúcar, y nos lo pasamos en grande. Dormimos en una cabaña elevada de bambú e incluso nos dieron un masaje tradicional, que después de tanto andar durante el día, nos dejó como nuevos.
Como siempre, mejor os enseño las fotos porque nada de lo que diga serviría para ilustrarlo mejor.





ESTO es el poblado



y AHÍ me "duché"



Y por supuesto, qué mejor lugar para hacer lo que tan bien se me da 😉 Ya se que este salto no es muy espectacular, pero me entró pánico escénico. Detrás de Carlitos había unos 15 aldeanos alucinando con la idea de que alguien (en este caso: YO) estuviera haciendo el canelo mientras intentaban robarle el alma…

Después de esto (insertar carita triste aquí) llegaron las despedidas. Después de un mes y medio con Nuria (no la llamaré La Nuri que se enfada) y de este reencuentro con los chilenos más majos que ha parío madre, de marché solita para Thailandia. Aunque eso ya os lo contaré otro día.

Diarios Vietnamitas, vol.4

9 Oct

Después del trayecto que ya os conté, Nuria y yo llegamos a Hanoi. Allí nos reencontramos con Isaac, que nos había tenido que abandonar por un par de días ya que tenía asuntos que atender en la capital. Desde allí organizamos el viaje al punto más esperado del país: Halong Bay.

Antes de emprender el viaje, cotejamos la posibilidad de hacerlo por nuestra cuenta ya que ninguno de los presentes somos muy amantes de los tours organizados. De haberlo hecho por libre, el viaje nos hubiera salido unas 5 veces más caro, y en este caso mandó el budget. Por 55US$* contratamos, en nuestro mismo hotel de Hanoi, el tour (comida incluida)que nos llevaría durante 3 días y 2 noches a surcar las aguas el Golfo de Tonkin y a alguna de sus más de 3000 islas.

*(Si os parece barato, os diré que alguno de nuestros compañeros de barco lo sacó por 45. En Vietnam el regateo es un arte!)

Antes de proseguir, y sobretodo para futuros viajeros, quiero que algo quede muy claro: Los vietnamitas no tienen ni idea de lo que es la vocación de servicio, no saben tratar con los clientes, y no entienden el concepto de tour de vacaciones. Ante los problemas o diferencias de opinión tienen tendencia a levantar la voz (e incluso la mano). Y todo eso, organizado de tal forma que la asunción de responsabilidades quede disuelta en una maraña de subcontrataciones en la que nadie se hará cargo de nada. Así que, por favor, pensaros muy mucho si queréis ahorraros unos euros y tener que tratar con semejantes caraduras maleducados.

Dicho esto, ya me he quedado a gusto, puedo añadir lo siguiente: El tour por Halong es de lo mejor que me ha pasado en el viaje. ¿Queréis saber por que? Ahí va una prueba:

Nueve personas de 4 países que hicimos click desde los 15 minutos de subirnos al autobús. Y lo que siguió fueron 3 días de risas, aventuras, música, Antonias, anécdotas, castaña, playa… Tres días de todo lo bueno que uno puede querer en un viaje.

La excursión en sí arranca en Halong City, desde donde te suben a un barquito. Empiezas a navegar, rodeado de otros barcos y pensando que vuelves a estar en Port aventura. Pero cuando te vas adentrando en las aguas de la bahía se te va olvidando todo eso, y empiezas a darte cuenta de por qué la gente te ha hablado tan bien de Halong. Una de las primeras paradas, una enorme cueva de la que no recuerdo el nombre, nos dejó con la boca abierta al ver esta entrada de luz:

Otra de las actividades es la visita a un “fishing village” donde si lo deseas puedes subirte, por una irrisoria cantidad extra, a un bote que te lleva a ver unas lagunas en las que puedes darte un chapuzón. Como el calor apretaba, la decisión fué unánime. Todos al agua 🙂

Fishing Village

Ahí se protagonizó una de las primeras escenas “críticas”. Te cobran, te dejan saltar al agua, pero a los 10 minutos te dicen que ya, que para el barco otra vez. Te haces el longuis, te roneas un poco, te haces el despistado,… pero claro tras 5 minutos ya no sabes a donde mirar y acabas subiendo al barquito, ¿verdad? Pues no todos! Ricardo, el representante nicaragüense de nuestra expedición, decidió darse a la fuga y ponerse a nadar por su cuenta hasta el barco. ¿Y qué hace el chinorris? ¡SACA UN PALO Y SE PONE A PERSEGUIRLE! Estos se creen que aún están en el Viet Cong. Claro, nosotros todos locos, gritando “Nicaragua Oé” y animando a nuestro Nica desde arriba. Al final ni palo ni leches, aunque Ricardo no puede completar su hazaña y tiene que volver a la nave nodriza en el barquito con el resto de los mortales. Pero se convierte en nuestro héroe desde ya.

Chinito malo

Después de la aventura, el barco se va a “amarrar”. Esta noche dormimos aquí. La parte buena de pasar todo el día en el barco es que puedes ver como el entorno cambia de luz y de colores. Esto no hay chinito que nos lo amargue 🙂

Y también llega otra recompensa. Ver atardecer mientras nos bañamos, esta vez saltando desde la cubierta del barco. El agua está un poco verde, pero nos han dicho que no hay nada en ella que nos pueda matar. O picar. O morder. O tragar. O contagiar. ¡Nos lo creemos, que esto no tiene precio!

Por cierto, el de la foto es Tom, alias Melón, uno de los 2 israelíes que nos acompañaban a pecho descubierto todo el día, teniendo a las Antonias revolucionadas.

Merecida cena después del bañito, y luego un poquito de juerga, como dios manda. Nos habían prometido karaoke, pero en eso también mienten así que DJ Inaisonfire tuvo que sacar la artillería pesada (y el ordenador) para amenizar la velada.

Al día siguiente, habiendo dormido poco pero bien, seguimos con la ruta. Esta vez nos llevan a Cat Ba island, la mayor de las islas de la bahía. La vegetación es tan densa, tan verde y tan espectacular que parece un set de rodaje de Jurassic Park. Ahí se organiza un trekking por el Parque Nacional, y tenemos otra de las “escenitas” del viaje. El grupo que se junta es enorme, varios tours hacen el ascenso a la vez. Así que se juntan las japonesas pánfilas, las señoras rusas patosas, los gordos británicos hipertensos. Y el camino, al final, se estrecha, así que el tapón de los que suben y los que bajan se hace intratable. No podemos subir el último tramo hasta que la masa desaloja, el problema es que el guía “de cola” que acompaña al grupo desaloja con ellos. Pensaréis por ello… qué desgraciados! Pues no os adelantéis.  Nos ponemos a bajar, y 5 de nosotros encontramos el camino sin mucha dificultad, pero 4 se quedan atrás. No les oímos y no sabemos si se han perdido o se han hecho daño. Me voy en busca de nuestro “tour guide” y le comento la situación, y sabéis qué hace? SE MARCHA. El autobús SE MARCHA. A nadie se le ocurre ir a comprobar si estas 4 personas están bien, si se han caído por un barranco o se han equivocado de camino. Hay otros grupos y no se les puede hacer esperar. Yo evidentemente monto en cólera, pero como el autobús ya se ha ido sólo puedo desahogarme dando patadas a las piedras.

Por suerte, a los 5 minutos aparecen los “desaparecidos” enteritos, y les doy parte de la situación. Momento de ira, momento de mosqueo… pero estamos de vacaciones, ¿no? Pues que rule una cervecita. Y por suerte, el monstruo organizador que llevo dentro, ese bicho “apagafuegos” que venía de serie pero que creció en mi último trabajo como planificadora de publicidad, hizo su aparición. Si el autobús no se hubiera llevado mi mochila, me hubiera ingeniado un disfraz de Superwoman. Veo 2 motos, recuerdo el nombre del hotel a donde nos debían llevar, me llevo a Isaac de refuerzo conmigo y empieza la operación rescate. En poco más de 2 horas volvemos a estar todos juntos, con otra cerveza y riéndonos de lo ocurrido.

Por si os preguntáis si le dijimos algo al “tour-guide” de nuestro grupo, la respuesta es sí. Cuando intenté decirle que su actitud era muy poco profesional, su respuesta fué que si tenía alguna queja me fuera a verle a la oficina de Hanoi, y allí ya vería lo que pasaría cuando estuviera él con sus amigos. SI, CORRECTO, ME AMENAZÓ. ¿Son unos Hijos de P., o no son unos Hijos de P? Pero no pasa nada, porque como ya he dicho, yo estoy de vacaciones y me lo estoy pasando en grande.

De hecho, tan en grande nos lo estábamos pasando que decidimos alargar nuestra estancia en Cat Ba island una noche más. Todos excepto Melón y Jamón, que tenían un viajecito planeado. Pero los 7 restantes pasamos otro maravilloso día de playa y relax en la isla, antes de seguir con nuestro tour un día más tarde.

Un día después, retomamos elt our donde lo habíamos dejado, y con otro guía un poco menos malnacido que el anterior, y volvimos a surcar las aguas salpicadas de piedra caliza que tanto nos gustan. Hicimos una excursión en kayak, que acabó convirtiéndose e una guerra de agua.

Y al final, nos dió tanta pena separarnos que nos volvimos todos a Hanoi a alojarnos en el mismo hotel.

Y que sigua fiesta!

Diarios Vietnamitas, Vol.1

24 Sep

“Quedamos en la primera puerta que nos haga libres”.

Y así fue. Cerca de 11 a.m del 08/09 me encontré con Isaac en la salida del aeropuerto de Ho Chi Min City. Once meses sin vernos, y como si no hubiera pasado ni una semana. Es de esas personas que te hacen grande, y da gusto viajar con una compañía así. A las pocas horas llegó Nuria, amiga de mi amigo, y por lo tanto mi amiga desde ya. Todo un fichaje (excepto a la hora de despertarse :P).
Y ya estamos el Viet-team completo, dispuestos a merendarnos el país a golpe de aventuras. Y no es por hacer spoilers, pero casi 20 días después puedo decír que hemos hecho un muy buen trabajo.

Pero empecemos por el principio. Ho Chi Min city (HCMC) es una megaurbe donde no hay orden ni concierto. Una amalgama de caras sin sonrisa, mujeres en pijama, lonely planets falsificadas, vendedores ambulantes, anárquicas motocicletas y pedazos de historia salpicados por todas partes. La domina el (caótico) tráfico, muy especialmente a eso de las 5 p.m. cuando un emjambre motorizado sale de trabajar y parece no tener suficientes con circular por la calzada. Nunca había estado tan cerca de la muerte como en las aceras de HCMC. De cruzar la calle prefiero no hablar hasta que pase por terapia.

 

La ciudad en sí no tiene mucho tema, o al menos a mi no me impresiona. Aunque es todo tan distinto que el sólo hecho de pasear por sus calles o ir a comer ya hacen merecer la visita.

Los mercados son otro mundo a parte. El más típico, el Ben Trahn market, está bastante turistificado. Pero es el único donde tendréis garantias de ser comprendidos en inglés. Para una experiéncia más auténtica, podéis adentraros en el Thai Bin Market, pero eso sí, id preparando vuestras dotes de mimo si queréis efectuar alguna compra.

El War Remnants Museum es de lo más interesante que podréis encontrar dentro de los límites de la ciudad. Hace un repaso a las atrocidades acometidas contra la población durante la Guerra de Vietnam. ¿Mi parte favorita? La sala dedicada a los fotoperiodistas (de todos los bandos) que perdieron la vida cubriendo el conflicto. Historias increíbles a ambos lados de la cámara. ¿Lo más duro? Las consecuencias provocadas por el Agente Naranja (químico empleado por las tropas americanas para deforestar las zonas de conflicto), y ver como EEUU sigue mirando hacia otro lado, sin querer asumir responsabilidades ante una población que, 4 generaciones después, sigue acarreando problemas tan graves como malformaciones genéticas en sus neonatos. El Museo es una visita obligada, aunque te deja con el cuerpo un poco raro y con la conciencia entumecida.

También muy recomendable la visita a los Cu Chi Tunnels. Doscientos kms de túneles que, durante los 60’s, sirvieron a la guerrilla del Viet Cong para esconderse de (y luchar contra) los americanos. La sensación de claustrofobia es absoluta, especialmente si piensas que hubo gente que vivió en esos túneles -en los que sólo puedes andar a gatas o en cuclillas- durante 3, 6 y hasta 11 años enteros.

Y luego nos extrañamos de que nos sonrían poco…

Java, el Ramadán y una tabla de surf.

27 Ago

El miércoles 3 de agosto, tras un último avocado juice en Ubud, nos montamos en un autobús que nos lleva hasta Java, la Isla vecina.

El autobús es mucho más cómodo de lo esperado, así que el trayecto no se hace muy duro. A las 2 a.m. nos plantamos en Probbolingo, en la nueva isla y con nueva zona horaria. Este pueblo no tiene más interés que el geográfico, así que sin perder tiempo, desde allí contratamos un “tour” que nos llevará a ver la salida del son sobre el Monte Bromo. La subida al Mt Pananjakan (desde donde contemplar las vistas) es dura, pero las vistas desde allí son, supuestamente, lo más impresionante de Indonesia.

Sunrise from Mt Pananjakan

Mar de arena, paisaje lunar, cono volcánico humeante… Pues sí, parece que esto es un MUST. Definitivamente vale la pena. Y supongo que a los otros 500 guiris que están a mi alrededor también les parecerá bonito.

Mt Bromo

Acabado el momento “autobús de japoneses” seguimos nuestro camino dirección Yogyakarta, a donde llegamos a las 22h del día 4, tras 32h de trayecto incluyendo la paradita para el sunrise.

Lo primero que nos llama la atención al despertarnos en Yogyakarta es que para tener 2 millones de habitantes, esta ciudad está muy tranquila. Pero claro, Java es una isla musulmana, y este año el Ramadán cae en Agosto. No será hasta caer la noche cuando la ciudad recobre la vida que -creemos- es natural en ella.

Tienda en Jogja

En nuestro primer día en Jogya visitamos el Kraton (si, en Java hay un Sultán) que no es especialmente instructivo, y además tiene toda la programación especial cancelada por el Ramadán. Nos paseamos por la ciudad y asistimos a una cena de Couchsurfing donde conocemos a muchos locales y a algunos otros viajeros.
Al día siguiente visitamos el templo de Prambanán, con un calor de morirse, pero totalmente merecida la visita.

Templo Hindú de Prambanan, patrimonio de la Humanidad

Por la noche, con algunos de los viajeros que conocimos el día anterior, nos vamos a cenar a un genial mercado local que descubrimos en un callejón plagado de pequeños puestos que aparecen al caer la noche. La comida riquísima, los precios de risa y sin más caras blancas que las nuestras. Toda una experiencia que me encantará recordar :). Desde allí, vamos a ver Wayang Kulit, un show tradicional de marionetas de piel, ya que casualmente uno de los mejores “master of puppets” del país actua esta noche. ¿Interesante? Mucho. Pero un coñazo. Aguantamos una hora (de las 7 que dura) y salimos por patas. Pero no os penséis que somos las únicas que lo encontramos aburrido: los locales asistentes se pasan el rato charlando, fumando, comiendo… hasta los integrantes de la orquesta, desde arriba del escenario, pasan el rato enviando sms desde sus blackberries!!

Wayang Kulit, también Patrimonio de la Humanidad

Tras Yogyakarta nos dirijimos a Pangandaran, población costera que acoje a turismo local mayoritariamente. El trayecto en minivan son 8 horas por la peor carretera que mis ojos han visto -y el resto de mi cuerpo ha sufrido- en mi vida. Además, pensar que el conductor está en ayuno desde hace horas no ayuda a tranquilizarme. Terror siento al recordarla. Claro, aquí también es Ramadán, así que el pueblo está bastante tranquilo. Aunque me gusta, qué queréis que os diga.

Pangandaran

Allí hacemos una excursión al Green Canyon. Nos enseñan cómo se fabrica el azúcar de coco, la talla de las marionetas de madera (llegados a este punto, la palabra Puppetme produce escalofríos) y vamos a un centro de conservación de tortugas. Pero lo más bonito es navegar por el Green river y nadar por él, escalando rocas y dejándonos arrastrat por la corriente para admirar el cañón desde dentro. Precioso y divertidísimo, pero mi cámara no es waterproof así que os quedáis sin foto 😛 Lo único que me toca las narices es que como es Ramadán te no te dan la comida que supuestamente incluyen la excursion, pero por la noche están todos borrachos en los chiringuitos de la playa. Los javaneses son musulmanes para lo que les interesa.

Coconut Sugar

Wood Puppets

¡Tortuguita!

En este encantador pueblito tiene lugar también un evento de magnitud incomensurable: MI PRIMERA CLASE DE SURF. ¿Y sabéis que? I’m a winner! Y no lo digo yo, me lo dijo mi profe!! Me puse de pié al tercer intento. Un aplauso, por favor.

Atención a mi estilazo... jajaja

Gracias, gracias.
Como premio me regalé una hora de masaje (masaje puntillista, según Laura) por el módico precio de 50.000rp (unos 4€), y con esto pongo el broche final a estos dos días playeros.

Vuelta a Yogya, esta vez en tren (en clase Bisnis, ¿no os encanta el nombre?) donde nos pegaremos un madrugón para ir a ver Borobudur. Levantarse a las 4a.m es un rollo, pero este templo se compara con las ruinas de Angkor en Cambodja y vale la pena admirar la belleza del mayor monumento budista del mundo sin el calor sofocante del mediodía.

Detalles de Borobudur, que también (oh! sorpresa) es Patrimonio de la Humanidad

El sábado me despido de Laura, su viaje llega a su fin en un par de días y yo quiero volver a Bali huyendo del Ramadán. Estoy muy contenta de que nos hayamos reencontrado en Indonesia para el final de su aventura, quién sabe dónde nos encontraremos la próxima vez!

Aunque soy un poco chaquetera y a las 12h me subo en un bus en dirección Bali con una nueva compañera de viaje. Os la presento en el próximo post 🙂

Saltando en Java (Mt Bromo)

Alice Springs & The Outback

29 Jun

El domingo pasado emprendí camino hacia Alice Springs. Como ya os comenté en el anterior post, eso está, más o menos, en el medio de la nada. O del desierto, según queráis verlo.

Llegar hasta allí es costoso, por lo aislado que está. Pero aunque mi presupuesto mensual se quedara temblando no podía dejar pasar la oportunidad de pisar la arena roja del desierto australiano, de atravesar carreteras quilométricas en línea recta, o de admirar la puesta de sol en la Ayers Rock (Uluru para los aborígenes, The Big Rock para los colegas).

Puesta de sol en Uluru

Tras una noche en el encantador hostel Annie’s Place, el lunes a las 6 a.m empezaba nuestra aventura. Lo que siguió fueron 3 días de hiking y vistas espectaculares en Uluru, los Olgas y el Kings Canyon, de dormir bajo las estrellas (en un invento maravilloso llamado swag), de reírnos mucho y compartir anécdotas alrededor del fuego, de aprender sobre la cultura aborígen y de sentir que el frío mañanero y la inversión económica habían valido la pena.

Hiking en el Kings Canyon

The Olgas & The Valley of the Winds

Yo decidí hacer la incursión al desierto con el tour de 3 días que organiza Mulga’s Adventure. Los hay más largos (carísimos) y los hay más cortos (un palizón). Y también se puede hacer por libre, aunque yo no recomendaría pasarse de “aventurero”, porque el aislamiento de la zona y el desconocimiento de los viajeros son muy mala combinación. Especialmente cuando se atraviesa tierra aborígen sin tener ni idea de sus normas. Y sobretodo si se viaja solo, vale la pena poder compartir todas las emociones con otros viajeros. Aunque eso lo digo yo que he tenido una suerte tremendísima con el grupo, y me he sentido más acompañada en estos 3 días que en los últimos 2 meses de viaje.

Como veis hay muchas cosas que han cambiado (el escenario, la compañía, mis botas…), pero hay tradiciones que siguen intactas:

Jumping in The Olgas

Se llama Fea

6 Mar

Os presento a nuestra nueva compañera de viaje.

La Fea

Ella es nuestra amiga, nuestro transporte y nuestra casa desde hace una semana. Y nos acompañará durante todo el Road Trip por la isla del Sur. La llamamos La Fea por razones obvias, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Se porta muy, muy bien y no se queja nunca. Aunque  a veces bebe demasiado.

Con ella hemos recorrido la carretera número 8, que va de Queenstown a la costa este. Es una carretera preciosa de verdad, que atraviesa ríos, puertos de montaña y pasa junto a unos lagos espectaculares. Unas vistas que quitan el hipo!

Lake Tekapo

La Fea también nos ha llevado hasta el Mt Cook, que  es la montaña más alta de NZ, y hasta sale en los billetes de 5 NZ$! No os voy a engañar, no subimos hasta arriba. Pero es que eso es para profesionales hombre! Nosotras nos “conformamos” con un precioso walking track de 2 horitas desde el pueblo hasta el “kea point“, un mirador a los pies de la montaña desde el que admirar su grandeza y la de los glaciares de los Alpes Neozelandeses. También sufrimos sus vientos gélidos, así que tenía que hacer algo para entrar en calor:

Saltando con el Mt Cook!

Nuestra nueva amiga también nos acompañó hasta la costa. En Twitzel se nos llevaba el viento, y la carretera daba un poco de miedito. Este país es muy inseguro. Construyen sobre volcanes activos, sobre fallas que causan terremotos, y los vientos huracanados son el pan nuestro de cada día. Pero no me quiero ir por las ramas… Desde el ventoso Twitzel bajamos hasta Oamaru. Un pueblo como cualquier otro, pero con un pequeño casco antiguo como de otra época. Edificios coloniales de reminiscencias victorianas, y tiendas con aires circenses o vintage. Una maravilla encontrar algo así en un país donde todo es tan nuevo.

Second Hand Bookshop, Oamaru

En Oamaru queríamos ver pingüinos. Es lo que tiene estar tan cerca del polo sur. Tienen una colonia de Blue Penguins que vuelven a su playa cada noche después de “trabajar”. Para verlos hay que pagar 25NZ$, pero no parece muy justo pagar por ver animales salvajes en su hábitat natural, así que decidimos ir a ver los Yellow-Eyed Penguins, que también habitan una playa de la zona. Ver estos es gratis, ¿y sabéis por que? Porque son mentira!! Estuvimos 1h30m esperando, y ni un triste pingüinito. Suerte que había algunas focas, que siempre animan el cotarro…

La decepción fue sólo a medias porque al día siguiente llegamos a Dunedin, y aquí -según la Lonely Planet- también viven algunos de estos pájaros (aunque en ese punto yo no me creía mucho. Hasta que no lo vea con mis propios ojos no me fío de nadie!). Aprovechando que es un nucleo de población “importante”, decidimos darle un poco de intimidad a La Fea, y alojarnos en casas “de verdad” durante 3 noches. Así que gracias a Couchsurfing (y a Matt, a René y Marcus, y a Amanda) hemos podido dormir y ducharnos en condiciones durante nuestro tiempo aquí.

Dunedin es una ciudad pequeña, pero llena de vida. Al ser ciudad universitaria está llena de gente joven, hay muchos cafés y tiendas con encanto. Tienen también un jardín botánico muy recomendable, una galería de arte modesta pero muy interesante, y según dicen, uno de los mejores museos de por aquí: el Otago Museum. Qué pena que no lo encontráramos!! Así que si alguien ha estado en el museo, que me lo cuente porque yo fuí incapaz de dar con él… otra vez será!

Junto a la ciudad de Dunedin se encuentra la Otago Península.

Otago Península

La carretera es terrible, estrechísima y con unas curvas muy cerradas, pero vale totalmente la pena. Al final, sobre un precioso acantilado, se encuentra el faro. Y ese mágico lugar aloja la Albatros Colony, donde además de albatros (gaviotas gigantes), se pueden ver focas y, por fin… pingüinos! No puedo poner fotos de los bichitos, porque estaban dentro de sus nidos (era un poco pronto) y las fotos no son muy “descriptivas”. Pero os dejo con una panorámica del lugar para que veáis que, aunque no seáis muy fans de los pájaros, no tiene ningún desperdicio.

Albatros Colony

Nos vamos hacia el sur. Os veo allí.

 

 

 

2.436

8 Ene

… son los kms recorridos en los últimos días.

Taupo, Marton, Gisborne, East Coast, Península del Coromandel. Casi media isla norte en 2 semanas.

El día 24 salimos desde Auckland en coche hacia Taupo, ciudad junto a un lago homónimo. Allí pasamos la navidad con los padres de Marty, y visitamos la zona con él y Stevie durante un par de días.

Saltando en Taupo

La zona es espectacular, con muchos sitios que visitar y disfrutar, como las Huka Falls, los Maori Carvings (dibujos maorís esculpidos en la pared de un acantilado, al que sólo se puede llegar en barco o nadando), la Acacia Bay o la Whangaroa Reserve (donde “bendecimos” nuestro regalo de navidad).

Green Stone (Thanks Marty!)

Whangaroa Reserve

Al ser una zona volcánica con mucha actividad geotermal, se pueden hacer cosas geniales como bañarse en las playas del lago, que están calientes (pero calientes de verdad) si hundes los pies en ellas, visitar los Craters of The Moon (una zona de Geysers alucinante) o bañarte por la noche en el Spa Thermopark (Hot pools, según ellos) del Waikato River. El agua está tan caliente que a trozos quema, pero cuando encuentras el punto perfecto no tiene precio ver las estrellas bañándote en un río humeante. Y además es gratis. 🙂

Craters of The Moon

De ahí nos desplazamos, tras 4 horas en coche, hasta Marton. Es un pequeño pueblecito de interior donde vive un amigo de los chicos. El tipo es un raruno de cuidado, hippy y granívoro, pero más majo que las pesetas. Vive en una especie de establo acondicionado, y desde su ventana se ven ovejas. Allí pasamos un par de días, relajándonos cerveza en mano y a golpe de jam session, porque aquí menos Laura y yo todo el mundo es artista. Yo no toco ni la pandereta, así que me dediqué a hacer fotos que es lo mío.

Con la batería en medio del prado

Granívoro persiguiendo ovejas

Después de nuestro particular episodio de “la casa de la pradera“, nos volvimos a subir al coche y pusimos rumbo hacia el norte, hasta Gisborne. O como dicen ellos, Gizzy. Ahí pasamos el fin de año, ya que es donde se celebra el festival Rithm and Vines. Esto merece un capítulo a parte pero así, a modo de resumen, os diré que entramos gratis (140 NZ$ que valía cada entrada), pasamos al backstage, y empezamos el año bañándonos en una piscina con uno de los artistas más conocidos de las antípodas, saltando a ella desde la habitación del hijo de uno de los Crowded House. Todo esto gracias a Marty, que tiene amigos vips. Y ya se sabe, los amigos de mis amigos son mis amigos.

Lo de las campanadas no ha llegado a kiwilandia y lo único que hacen es una cuenta atrás desde 10 y a toda leche. En este contexto nos comimos las uvas (por supuesto) de forma un poco accidentada. Pero como os llevamos 12 horas de ventaja, tuvimos tiempo de conectar con la Igartiburu a nuestras 12 del mediodía (1 de enero de 2011) y comernos las uvas a la española. Fue un poco como el ensayo de las campanadas de Sol, pero desde el hemisferio sur. 🙂

El día 2, ya sin resaca y con las pilas cargadas, iniciamos el road trip por la East Coast. La carretera 35 nos llevó a puntos maravillosos del país. Tolaga Bay, Tokomory Bay, Te puia Springs, Waipiro Bay, Ruatoria, Tikitiki, Te Araroa, Waihau Bay. Los nombres os sonarán a chino (o a maorí, en este caso) pero las vistas de playas, acantilados, playas y verdes colinas no tienen precio. ¿Un dato curioso? Desde Ruatoria se puede ver el Mount Hikurangi, que es el pico no volcánico más alto de NZ, y el primer punto de la tierra en ser tocado por el sol cada día.
También fuimos a Whanarua Bay, una pequeña bahía salpicada de piédras volcánicas súper bonita. Imprescindible si os pasáis por aquí.

Atravesamos la región de Bay of Plenty, parando en Whakatane, en Tauranga, y en Waihi Beach. En este último punto volvimos a encontrarnos con el coleguita de Marty, que daba un concierto (genial, por cierto). Aunque el pueblo en sí no tiene nada de especial, le estamos pillando el gusto a esto de ser vips 😛

Como nuestro presupuesto es limitado, me tocó aprender a montar las tiendas de campaña. Aquí dicen algo así como pitch de tent, pero yo, que voy a mi bola, entendí pinch. Total, que pa mi las tiendas se pinchan. Y por la mañana se despinchan, por supuesto. Así que nada, que sepáis que soy la ama pinchando tiendas. Quien me ha visto y quién me ve:

Tienda pinchada

Desde ahí empezamos a disfrutar de la península de Coromandel, siguiendo la carretera 25 (Pacific coast Highway), que nos llevó por los rincones más alucinantes hasta el momento. Podría mentar cientos, pero me quedaré con 2:

Cathedral Cove, a donde se llega tras un paseo de 25 minutos. Es un arco de piedra natural que da a unas pequeñas playitas salpicadas de grandes piedras blancas. Me sentí como Gala en un cuadro de Dalí.

Cathedral Cove beach

Opito Bay, desde ahora rebautizada como Popito Bay. Se llega atravesando una carretera imposible, de curvas cerradas y tramos sin asfaltar, pero al final del camino llega la recompensa. Una playa preciosa, ¿Como todas? Os preguntaréis…. Pues no! MÁS!!! Tanto que merecía un saltito, para el recuerdo 🙂

Saltando en (P)Opito Bay

Desde allí nos dirigimos a Coromandel Town. El pueblo en sí no está mal, pero lo mejor es llegar a él por la carretera 25. Desde los campos y tupidas montañas, de pronto el paisaje se abre y el mar aparece ante tus ojos. Es un espectáculo de la naturaleza que no se puede explicar con palabras. Allí se alojan Lisa y Mark, unos amigos de Marty que nos acogieron en su casa. La hospitalidad neozelandesa salió a la luz (y no por primera vez), y después de varios dias dormimos en una cama de verdad. La guinda del pastel fue salir al mar en bote. Pescar es un coñazo, pero las vistas de Coromandel desde el mar son alucinantes…

Atardecer en Coromandel

Y después de este maravilloso viajecito, aquí estamos, de vuelta en Auckland. Tenemos 48 horas para descansar (y exfoliar, depilar, hidratar) y volver a hacer la maleta. Mañana partimos para Bay of Islands, donde esperamos seguir disfrutando de este espectacular (en el sentido más escénico de la palabra) país.

Hoy cumplimos 2 meses. Os echamos de menos, pero esto vale -mucho- la pena.

nosotras

NY a vista de pájaro

19 Sep

De momento hay poquitas novedades para contar. Se están moviendo muchas cosas, pero todavía no están atadas así que no las cuento para no gafarlas 🙂

Por lo pronto, y para darle vidilla al tema os dejo un link genial (a mi me lo parece) que no sé si me quita el mono viajero o me lo multiplica por 50!

Desde aquí, los bolsillos apurados como el mío o los vertiginosos rematados os podéis marcar un tour aéreo por la Gran Manzana… sin tener que subir en helicóptero!! El tour empieza en Central Park, pero desde la barra de abajo podéis cambiar la localización y pasear por los rincones más emblemáticos de la ciudad a vista de pájaro.

Ay NY, espérame que voooooooy!!!