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Thailand, fin de fiesta.

7 Ene

Porque este viaje ha sido eso: UNA FIESTA.

El último país del que he disfrutado, tras estos (atención! antención!) 14 meses de viaje ha sido Tailandia.

No me he extendido mucho, me lo he tomado con calma, porque tengo la sensación de que volveré pronto.

Aunque tengo la sensación (igual que me pasó con Bali y con Vietnam) de que para encandilarnos con el país vamos tarde, y que la magia se la llevaron los que tuvieron la suerte de venir hace 10 años. Pero lo que nos han dejado tampoco da para queja: Es un país desarrollado y muy adaptado al turismo, y cuya población convive con los farang día a día y vive, en gran parte, gracias a ello. Tenemos toda una infraestructura a nuestro servicio para facilitarnos la vida, y todas las opciones que nos podamos llegar a imaginar. Pero conserva su belleza natural y su tradicional cultura budista sigue rigiendo todos los aspectos de la vida aquí.

Bangkok, su capital, es una megaurbe a caballo entre Asia y Europa. Llena de rascacielos, taxis, bancos y oficinas, y a la vez llena de olores, mercados, puestos callejeros, templos budistas. Es un puñetazo en la cara. Y es habitable, no me cuesta imaginarme viviendo en ella, aunque sé que pocos corroborarían esta afirmación.

Como turista, las principales actividades aquí se pueden resumir de la siguiente manera:

Shopping, Spas y turismo sexual.

El primero, porque BKK es la locura de los centros comerciales. Hay muchos. Son gigantes. Tienen de TODO. Y ni hablemos de los mercados callejeros, como el Chatuchak Market (el mayor mercado al aire libre del mundo, con más de 15000 puestos entre los que podemos encontrar desde imanes de nevera hasta ardillas voladoras).

El segundo, porque es el paraíso de los centros de belleza. Puedes darte cualquier tipo de masaje o cualquier tratamiento que se te antoje por menos de 1/4 de lo que pagarías en casa, y con unos estándares de calidad que (aunque puedan variar de un sitio a otro) suelen superar las expectativas. Menos en la peluquería, pero claro los pobres no tienen la culpa de no haber tocado un rizo en su vida…

Y el tercero porque, lamentablemente, hay un amplio mercado que abastecer y que viene a Thailandia en busca de ping-pong shows y lo que surja. Y aunque no queráis participar de ello, es inevitable toparte con esta realidad que te acechará en la mayoría de las calles comerciales o turísticas al caer la noche. Yo, ni por curiosidad quise entrar en uno de estos bares. Muchos me dijeron/dirán: “estás en Bangkok, esto forma parte de aquí, es lo típico, ni que sea tienes que entrar 10 minutos…” pero como me parece denigrante, vejatorio y vergonzoso, no quiero que ni uno solo de mis dólares vaya destinado a perpetrar esa industria. Pero ahí cada cual con su conciencia (y con sus ETS).

Desde Bangkok me marché a Koh Tao, una isla en el Golfo al sureste. Allí me encontré con Isaac, que se acaba de mudar en busca de trabajo, para pasar juntos las Navidades y el Fin de año.

Han sido unos días geniales, a pesar de que la lluvia viniera a visitarnos y se quedara durante 4 días, en los que hemos conocido a un montón de gente (españolitos casi todos) divertidísima que nos ha hecho de familia postiza para pasar las fiestas. Quien me diga que no quiere viajar solo se gana una colleja y un chupete. ¡Es lo mejor para socializar, aunque parezca contradictorio!
Y en esta isla, cuyo nombre significa Isla Tortuga, me he dedicado a 2 actividades principalmente (más allá del cerveceo y el tumbarme al solecito):
Muai Thai. Pim, pam. 2 semanas llena de moratones y con la adrenalina desbordada. Dar ostias a la Thailandesa, debería ser asignatura obligatoria en todas las carreras.

Submarinismo. Por el poder de PADI me declaro… ¡Advanced! Sí, sí, amigos. Me metí en el agua a hacer el primer curso, y me gusto tanto que en cuanto acabé me apunté al segundo. Y me encanta. La visibilidad en esta época del año no es muy buena, pero lo disfruté como una enana.

Tanto es así que he decidido acabar mi super-mega-hiper-extra-aventura-que-te-cagas en Kao Lak, buceando en las Similan Islands. Fuckin’ Paradise.

¿Alguna vez habéis probado a explorar un barco hundido con, literalmente, autopistas de peces encima de vuestras cabezas (y debajo, y por todas partes)? ¿No? Pues probadlo, os cambiará la vida.

La mía, desde luego, ha cambiado. Por esto y por todo lo que llevo vivido en estos 14 meses de aventura.
Me despido saltando desde Tailandia, junto a ese mar que es bonito desde fuera pero sobretodo desde dentro.

Nos vemos en Barcelona en 72h.

Must: Myanmar

3 Ene

Myanmar (o Birmania) es el país de las experiencias, de los contrastes, del no dar crédito. Y siempre en positivo.

Confirmo que es, hasta el momento y sin lugar a dudas, el país en el que más acogida me he sentido. Los Birmanos se merecen… Se merecen las sonrisas que tienen, y se merecen el cambio que les está llegando, y se merecen colores y oportunidades, porque sin tenerlas han sabido crecer en el lado optimista y brillante de la vida. Me han robado el corazón.

El país es un diamante en bruto, precioso y poco explotado, así que hacedme un favor y NO VAYÁIS, que yo tengo ganas que volver y no quiero que me lo estropeéis ;).

Conocer la historia reciente del país todavía le da más valor a la felicidad que te contagian los lugareños, porque (sin extenderme mucho), para los que lo no sepáis, Myanmar ha vivido 50 años de dictadura militar. Sólo hace un par de años tuvieron estrenaron su primer gobierno “civil”, aunque la junta militar sigue con las manos en la masa. Los países occidentales están empezando a desbloquear la economía del país (para que os hagáis una idea, no hay bancos ni cajeros en todo el territorio donde poder usar tu tarjeta de crédito), aunque todavía les queda un largo camino por recorrer. Tiempo al tiempo. Y yo de vosotros no esperaría a que eso ocurra para poner los pies allí, porque con la bonanza vendrán las perspicacias y la explotación turística, y con ello -siento hacer de pitonisa malrollera- se perderá la magia. Tic tac.

Datos prácticos:

Visado. Hay que llevarlo de antemano, no hay otra. Si estáis en Europa, creo que hay que mandar el pasaporte a la embajada en Berlín. Si estáis de viaje y pasáis por Bangkok, es vuestro momento de arreglar el papeleo. Os mando directamente a la página de mi “gurú” y autoproclamado embajador de Birmania en el mundo. No encontraréis información más clara en español (gracias Robert!). Aún así, double-check antes de liaros, porque las cosas pueden cambiar de un día para otro.

– Dinero. Como os he dicho, no hay cajeros así que hay que llevar dinero en metálico. Concretamente, dólares americanos nuevecitos. Si están doblados, marcados, arrugados o manchados no os los aceptarán o os harán el cambio a peor. También hay algunos números de serie non-gratos. Os recomiendo una cartera larga y rígida donde poder colocar a vuestros verdes amiguitos sin riesgo. El kyat birmano está muy devaluado, así que prepararos para jugar a los millonetis durante unos días:

cambio de 300$

– Ruta. Hay zonas bloqueadas a los turistas, y otras a las que sólo se puede llegar en avión (cuyo dinero va directamente a la milicia, por lo que se recomienda evitarlo). Así que se necesita un poco de previsión para moverse. El Big Four es Yangon – Mandalay –  Inle – Bagan.

Yangon (la capital) no da para más de uno o dos días, aunque la Swedagon Pagoda bien merece una visita. Mandalay en sí no tiene nada, pero está estratégicamente colocada para ser campamento base y visitar Amarapura, Sagain e Inwa. El Inle lake ya es otra historia, es turístico pero muy bonito, y si podéis llegar hasta él andando desde Kalaw, en un trekking de 3 días (recomiendo hacerlo con Mr. Sam) os llevaréis un recuerdo precioso e imborrable de la zona. Y Bagan, Bagan, Bagan… impresionante, y punto. Qué putada que se me estropeara la cámara de fotos nada más llegar, me hubiera encantado enseñaros la puesta de sol con las miles de pagodas asomadas por la llanura. Os puedo decir que es, literalmente, de lagrimita. También tuve la suerte de visitar Hsipaw, un minipueblo monísimo (en el que hacía un frío de la leche) desde el que volví en tren a Mandalay cruzando el Gokteik brigde (tiene 100 años, y en su día fue el 2º más alto del mundo), en un divertidísimo viaje en tren. Y me quedé con las ganas de subir al norte hasta Myitkyina, que le tenía muchas ganas, pero hubo revueltas y el gobierno bloqueó la entrada de turistas. Es lo que pasa cuando no hay libertad de prensa, a los que no puedes controlar les prohibes la entrada y te ahorras cámaras de fotos indeseadas.

¿Y qué mas? Pues todo esto:

































Sigo flipando.

Por cierto, ¡FELIZ AÑO A TODOS!

Soon U Ponya Pagoda, Sagain, Myanmar

El resto de Camboya

22 Dic

Acabado el flipe de los templos de Angkor me dispuse a explorar un poco más Camboya. Tengo que decir que me dejó bastante fría lo que vi, pero que la gente con la que me encontré me dejó con la boca abierta.

Los camboyanos son sencillos, simpáticos, amables, súper educados, y muy muy cotillas. Y por algún motivo que no llegué a entender, todos tienen un gran interés en saber “cuántos hermanos y hermanas tienes”. Si viajáis hasta allí con la desgracia de ser hijos únicos, inventaros un consanguíneo y os evitaréis sus miradas compasivas y decepcionadas…

Lo que sorprende más de este carácter tan afable que se gastan es su pasado. Me parece increíble que un pueblo que ha vivido en guerra y ha sido abusado y masacrado durante su historia reciente pueda ser tan acogedor, confiado y sonriente.

Porque hay que pensar que desde que en el ’69 fueran bombardeados por los americanos en el marco de la guerra de Vietnam, Camboya ha vivido toda clase de penurias. La más significativa de ellas, tras 5 años de guerra civil, fue la llegada al poder de los jemeres rojos, que establecieron régimen dicatorial bajo el término del “socialismo budista” planteando una vuelta al modo de vida tradicional: aboliendo la moneda, impulsado el trabajo agrario, cerrando hospitales y, como plato fuerte, la puesta en marcha de programas de ejecución masiva. Sólo entre el ’75 y el ’79, mataron a 1.7 millones de Camboyanos (el 21% de la población) en los campos de exterminio. Hasta la muerte de Pol Pot, el líder del movimiento, en 1998 no hubo atisbos de cambio. Así que estamos hablando de una tragedia humanitaria que acabó hace poco más de 13 años.

Aún quedan muestras de esto, a modo de museo, y se pueden visitar cerca de Phnom Penh.

El museo Tuol Sleng, en la antigua prisión de máxima seguridad S-21, se encuentra en una antigua escuela que fue transformada por los jemeres rojos en una especie de cárcel y centro de torturas interrogatorios. La prisión vio pasar por entre sus paredes a 20.000 personas entre el 75 y el 79, de los que sólo 7 adultos sobrevivieron. Y como casi todos los genocidas conocidos, los jemeres documentaban sus torturas. El museo está lleno de fotografías (algunas antes y después de las torturas) de los “enemigos del régimen” que pasaron por allí. Hay incluso fotos de niños de 2 años. Para quitar el sueño.

Es estremecedor, especialmente porqu eel edificio sigue pareciendo una escuela, con su patio, sus aulas… y eso lo vuelve todo un poco más macabro si cabe. Como la visita me puso los pelos de punta y me dejó con bastante mal cuerpo no me quedó energía para ir a visitar los killing fields (uno de cientos) de Choeung Ek, que se encuentran a 14kms de la capital. Si tenéis la oportunidad de visitarlos y no sois unos blandos como yo, os lo recomiendo. Hacer turismo es muy bonito, pero los viajeros tenemos la responsabilidad de saber dónde estamos, y es una cuestión de respeto conocer la historia de los países que visitamos en especial cuando es tan cruel como la camboyana.

De Phnom Penh poco más a destacar. El mercado ruso para hacer compritas, el royal palace y a otra cosa mariposa. Ah, os diré que vi su majestad el rey de Camboya. Bueno, para ser sincera, le vi una manita así saludando desde el coche. Parece ser que coincidí con el día de la independecia del país, y el caballero salió a decir “hola” a sus súbditos, que le esperaban muy formalitos frente a su casa.

Desde la capital me trasladé a la playa. en autobús me fui hacia Kep, en la costa sur este, y desde allí me subí en un barquito que me llevó a Koh Tonsay (Rabbit Island). Allí me iba a quedar una noche y acabé quedándome 5. En esta postura:

Es una mini isla a la que se va a no hacer nada. A leer a la sombra del cocotero, a ponerse moreno (yo no eh, sólo los que tienen melanina), a descansar en el bungalow (por entre 5 y 10$ la noche), a ver ponerse el sol desde el agua, y a ponerse tibio de gambas y cangrejo a precios de broma. La felicidad.

Cuando empiezo a temer por mis niveles de ácido úrico, me voy a un poquito más arriba, a Kampot. Allí tenía muchas ganas de hacer la excursión a la Bokor Hill Station, unas ruinas en la montaña con un antiguo casino, un hotel y otros edificios abandonados, medio absorbidos por la jungla… pues bien, no vayáis. Se lo han cargado. Bueno, más bien al revés. Me explico: el megamagnate del país (el mismo que se queda con el dinero de la entrada de Angkor) ha comprado la zona, la está “reconstruyendo”, montando un campo de golf, un casino gigante y un hotel de 5 estrellas. Llego tarde… ya no hay ruinas, sólo obras. Disaster. Por suerte el paseo en barco para ver el sunset desde el río me remonta el día, y me deja relajadita relajadita.

Me quedo un poco a medias con Camboyia. Me han dicho que la zona del interior, la que sigue el Mekong en dirección a Laos y más al Oeste hacia Vietnam vale mucho la pena, que está “unspoiled” y que ofrece cosas mucho más interesantes y auténticas. Espero que sea verdad, y que otros tengáis el tiempo para comprobarlo. Yo no puedo ir así que ya me contaréis. Me las piro hacia Bangkok que tengo papeleo que arreglar…

 

Los templos de Angkor

15 Dic

Cruzar la frontera entre Thailandia y Camboya por Aranyaprattet requiere un ejercicio de contención de nervios, paciencia y buena suerte que no todos son capaces de sortear con elegancia. Ni sin ella, para qué engañarnos. No me voy a extender en el tema porque la red está llena de blogs y consejos sobre como cruzarla de la forma menos dolorosa (y más económica) posible pero voy a comentar 2 cosas que a mi me ayudaron:

1) Informaros bien. Usad todos esos recursos a vuestro alcance e id preparados (en especial mentalmente) para cualquier eventualidad. Leer sobre las experiencias de otros viajeros, sobretodo las más recientes, para saber qué nuevo tipo de scam se han ingeniado para rascarnos los dólares. Cuanto más sepáis sobre el tema, menos constituiréis un blanco para los timadores.

2) Si sois viajeros individuales como servidora, sacad vuestras dotes de socialización e intentad agruparos con gente antes de cruzar. Ir en grupo siempre ayuda a rebajar la tensión, 4 ojos ven más que dos y, muy especialmente, vuestro poder de negociación se multiplica.

Con estos dos consejitos y un par de valerianas estaréis sanos y salvos. Y os prometo que vuestros esfuerzos serán recompensados, porque lo que os espera al otro lado de la frontera es simplemente para quitarse el sombrero.

Y no me estoy refiriendo a la amabilidad y simpatía permanente de los camboyanos, ni a los mantos de todos los verdes imaginables en los campos de arroz, ni a los preciosos pueblitos de bambú que os cruzaréis en el viaje…

Me estoy refiriendo a los Templos de Angkor, que para la mayoría constituyen la Perla del sureste asiático. Y no es para menos, ya que el complejo de templos hindús (que incluye Angkor Wat, el mayor edificio religioso del mundo) representa la perfecta combinación entre creatividad y espiritualidad en la que fuera la capital del antiguo imperio Jemer. El precio, teniendo en cuenta que es uno de los países más pobres del mundo, es bastante elevado (20$ por la entrada de un día o 40$ por la de 3) y duele pagarlo sabiendo que van a parar directamente a capital privado, pero después de un par de horas allí se te pasa el dolor del monedero y el sarpullido en la conciencia. Y pasas a sufrir de dolor de pies, alergia a los japoneses y agotamiento crónico en la cámara de fotos.

La visita se puede hacer en moto, bici (una pequeña locura si tenemos en cuenta que el perímetro de el principal grupo de templos es de 45kms), o en tuk-tuk. Incluso en elefante, aunque a mi esas horteradas no me van. Además, hace unos años en la India tuve una mala experiencia cunado fui vilmente secuestrada por un conductor de elefante que me exigia una propina (un peaje, diría yo) por dejarme bajar del bicho. Yo me hubiera quedado allí todo el día discutiendo si no fuera porque el animal estaba acatarrado y cada vez que estornudaba me ponía fina con esa trompa que parecía un aspersor de gelatina verde. Esa traumática anécdota supuso el fin de mi relación con los elefantes, y desde entonces no puedo evitar mirar Dumbo con recelo.  Resumiendo, que yo vi los templos en tuk-tuk. Barato, práctico y mucho menos arriesgado.

Los días son agotadores, física y sensorialmente. Porque lo que hay allí, señores, no hay palabras suficientes para que ustedes lo entiendan. ¡Qué maravilla! Si intentas mentalmente reconstruir cómo debió ser aquello en su momento de máximo explendor puedes sentir el efecto dominó en tus neuronas, que se van desmayando una a una. Templos los hay para todos los gustos: grandes o pequeños, de piedra o de tochos, reconstruidos o en ruinas,… Normal, habiendo más de 1000 es lógico que tengamos donde elegir. Yo personalmente me decanto por los menos transitados y que han sido “tomados” por la jungla, con esos árboles de raíces gigantes abriéndose paso entre las piedras. Algunos crecen, literalmente, sobre ellas. Me parece de lo más poético. Es como si la naturaleza nos hablara, nos reclamara el espacio que un día le arrebatamos sin preguntar para construir nuestros santuarios.

Sobre Angkor Wat, la niña bonita del grupo, diré que es enorme y espectacular. Aunque como bien sabéis, si hay una palabra que aterra a todo turista (al turista de catedrales, no al de litronas en Salou) es: andamio. Que yo entiendo que hay que reparar y limpiar y arreglar para que las cosas estén bonitas, pero ya podrían haber elegido otro día para ello. O al menos haber puesto lonas más discretitas, que ese verde no hay photoshop que lo disfrace…

Cerquita de los templos hay otras cosas interesantes de ver, como las cascadas o los Floating Villages. Así que mi último día pasé media jornada subida en un barco explorando estos mágicos pueblos. No es la primera vez que veo algo así (ni la segunda) pero nunca deja de sorprenderme cómo un río puede articular todos y cada uno de los aspectos de la gente que vive allí.



También hay que decir que esto pasó el día 8 de noviembre, en que servidora cumplía un año de viaje. Y lo celebré haciendo algo que, al menos yo, no hago todos los días. No solo flipando con los templos y los pueblos, sino conduciendo el barco por el río de vuelta a casa. ¡Tengo pruebas!

Yo encantada por llevar semejante armatoste, y el conductor encantado porque alguien estaba haciendo su trabajo. Win – Win.

Termino recomendando alojamiento en Siem Reap: Siem Reap Rooms Guesthouse. Entra en la categoría de budget accomodation, y aunque en Siem Reap podéis encontrar cosinas más baratas os aseguro que quedarse aquí vale mucho la pena. No deja de ser económico, está muy bien situado, muy limpio y lo lleva una pareja de canadienses que son viajeros experimentados, por lo que saben lo que los backpackers necesitamos. Están siempre dispuestos a ayudarte, y lo hacen sin atender a comisiones o sobornos de otros negocios. Y os aseguro que todo eso, tras un día eterno visitando Angkor, se agradece.

El sur de Laos

3 Nov

La segunda etapa en Laos la invertimos en recorrer un poco el sur del país. Esta parte normalmente es ignorada por los viajeros (excepto por los que van o vienen de Camboya) lo cual, a mi parecer, es un error. El sur es auténtico, inexplorado y precioso.

Algo a comentar sobre viajar a través de Laos: los viajes en autobús son largos (eternos, diría yo) y tediosos. Los autobuses locales son dignos de una peli de Hallowen (¡¡evitarlos!!)y los autobuses VIP o Sleeping Bus, aunque mejores, no son la octava maravilla. Las carreteras son complicadas y los conductores tienen la habilidad de conducir como animales aún sin pasar de los 40kms/h. Lo divertido de todo esto, es que es casi la única opción que tenéis, ya que no hay tren. ¡Así que paciencia!

bus local

En nuestra primera ruta, de Luang Prabang nos fuimos directamente hacia Paksé y de allí en minivan hasta Si Phan Dong (también conocido como las 4000 islas). En Vientián, la capital, sólo hicimos paradita técnica de unas horas para cambiar de autobús, pero no tiene ningún interés (para mí).
Las 4000 islas es la zona más al sur del país, en la frontera con Camboya. Es también el lugar donde el Mekong se hace más ancho, y está salpicada de cientos de islas e islotes separados por las marrones aguas del gran río. Bueno, marrones en esta época del año, porque según nos cuentan, en la estación seca sus aguas se vuelven cristalinas y es todo un espectáculo. A mi, con sus turbulencias y su color café con leche me pareció de lo más dramático.
Por 3€ cogimos un bungalow frente al agua (ducha fría, eso si) en Don Det, y por otro euro alquilamos una bici con la que fuimos a recorrer Don Khong, la isla vecina. Tranquilidad absoluta y escenarios de documental de National Geographic. Sólo un consejito, revisar bien la bici, la de Nuria estaba rota y tuvo que empujarla todo el camino de vuelta…

en Don Khong descubrí por qué les llaman Búfalos de Agua

Después de unos días de relax, deshicimos camino y nos encaminamos de nuevo a Paksé. La ciudad no tiene nada, pero la intención era recorrer el área de Champasak en moto. Pero nos desanimamos al ver la previsión de lluvia, lluvia y más lluvia para los próximos días. Y qué pasa cuando te desanimas? Que la vida te da una colleja y te dice “¡Espabila, Antonia!“.
Resulta que en todo el país se estaba celebrando el Awk Phansaa, para celebrar el fin de la estación de las Lluvias. Y en Paksé, que apenas tiene turistas, esta fiesta toma un aire cercano y tradicional. Toda la ciudad se engalana, el río se llena de barcos con velas encendidas y ¡hasta el cielo se ilumina! No sabemos ni como, acabamos acompañando a 2 monjes jovencitos durante horas, o más bien ellos nos acompañaban a nosotras, que nos hicieron mandar farolillos cargados de deseos al cielo. Fue emocionante y fue precioso.


Al día siguiente, aún con la emoción latente y con energía renovada, nos subimos a un autobús en dirección a Tha Khaek. Es otra de esas ciudades con poco que dar, pero ubicada en un fantástico enclave, que la convierte en perfecta opción como campo base. Desde allí alquilamos una moto y nos marcamos unos nada desdeñables 380 kms en 2 días. Fuimos a visitar la Kong Lo Cave, una cueva famosa por su tamaño (nada más y nada menos que 7’5kms de tunel). La cuenva en sí, correcta. Pero el camino… ¡el camino de lagrimita! ¡De lo más bonito que he visto en los últimos meses! Y el pueblo de Kong Lo, en el que pasamos la noche, totalmente de postal. Niños persiguiéndonos en sus bicis, un único restaurante que abría para que nosotras pudiéramos desayunar, búfalos cruzando la calle y casitas elevadas de bambú. Aix!

Vistas de camino a Kong Lo

La Nuri paseando por el pueblo

Y de vuelta a Tha Khaek, otra sorpresita. Resulta que tras el festival del que os he hablando antes, viene el Bun Nam (Water Festival) en el que tienen lugar carreras de barcos por todo el Mekong. Cuál es nuestra sorpresa cuando, a unos 60 kms de destino, en un pueblo que no sale en los mapas, nos encontramos los festejos. ¿Vamos un rato, no? Y para sorpresa la de los lugareños cuando vieron llegar a 2 blancas (doy fe de que eramos las únicas, probablemente las únicas en los últimos 10 años) así que se hincharon de ofrecernos cerveza, de hacernos fotos, de hablarnos, de comentarnos, de… vamos, que al cabo de una horita nos sentíamos tan observadas que huímos. Pero muy bien, muy interesante. ¡Gracias, Laos, por tus sorpresitas!

Desde allí nos volvimos para Luang Prabang (campo base oficial) pasando de largo (de nuevo) de Vientián y de Van Vieng. Por la primera, nada que objetar. Por la segunda me quedé un poco con la espinita, porque aunque el tubing no es lo mío, los alrededores (esta vez hicimos el trayecto de día) son es-pec-ta-cu-la-res. Bien hubieran merecido otro road trip en moto para explorarlos. Tendrá que ser a la próxima…

Diarios Vietnamitas, vol.4

9 Oct

Después del trayecto que ya os conté, Nuria y yo llegamos a Hanoi. Allí nos reencontramos con Isaac, que nos había tenido que abandonar por un par de días ya que tenía asuntos que atender en la capital. Desde allí organizamos el viaje al punto más esperado del país: Halong Bay.

Antes de emprender el viaje, cotejamos la posibilidad de hacerlo por nuestra cuenta ya que ninguno de los presentes somos muy amantes de los tours organizados. De haberlo hecho por libre, el viaje nos hubiera salido unas 5 veces más caro, y en este caso mandó el budget. Por 55US$* contratamos, en nuestro mismo hotel de Hanoi, el tour (comida incluida)que nos llevaría durante 3 días y 2 noches a surcar las aguas el Golfo de Tonkin y a alguna de sus más de 3000 islas.

*(Si os parece barato, os diré que alguno de nuestros compañeros de barco lo sacó por 45. En Vietnam el regateo es un arte!)

Antes de proseguir, y sobretodo para futuros viajeros, quiero que algo quede muy claro: Los vietnamitas no tienen ni idea de lo que es la vocación de servicio, no saben tratar con los clientes, y no entienden el concepto de tour de vacaciones. Ante los problemas o diferencias de opinión tienen tendencia a levantar la voz (e incluso la mano). Y todo eso, organizado de tal forma que la asunción de responsabilidades quede disuelta en una maraña de subcontrataciones en la que nadie se hará cargo de nada. Así que, por favor, pensaros muy mucho si queréis ahorraros unos euros y tener que tratar con semejantes caraduras maleducados.

Dicho esto, ya me he quedado a gusto, puedo añadir lo siguiente: El tour por Halong es de lo mejor que me ha pasado en el viaje. ¿Queréis saber por que? Ahí va una prueba:

Nueve personas de 4 países que hicimos click desde los 15 minutos de subirnos al autobús. Y lo que siguió fueron 3 días de risas, aventuras, música, Antonias, anécdotas, castaña, playa… Tres días de todo lo bueno que uno puede querer en un viaje.

La excursión en sí arranca en Halong City, desde donde te suben a un barquito. Empiezas a navegar, rodeado de otros barcos y pensando que vuelves a estar en Port aventura. Pero cuando te vas adentrando en las aguas de la bahía se te va olvidando todo eso, y empiezas a darte cuenta de por qué la gente te ha hablado tan bien de Halong. Una de las primeras paradas, una enorme cueva de la que no recuerdo el nombre, nos dejó con la boca abierta al ver esta entrada de luz:

Otra de las actividades es la visita a un “fishing village” donde si lo deseas puedes subirte, por una irrisoria cantidad extra, a un bote que te lleva a ver unas lagunas en las que puedes darte un chapuzón. Como el calor apretaba, la decisión fué unánime. Todos al agua 🙂

Fishing Village

Ahí se protagonizó una de las primeras escenas “críticas”. Te cobran, te dejan saltar al agua, pero a los 10 minutos te dicen que ya, que para el barco otra vez. Te haces el longuis, te roneas un poco, te haces el despistado,… pero claro tras 5 minutos ya no sabes a donde mirar y acabas subiendo al barquito, ¿verdad? Pues no todos! Ricardo, el representante nicaragüense de nuestra expedición, decidió darse a la fuga y ponerse a nadar por su cuenta hasta el barco. ¿Y qué hace el chinorris? ¡SACA UN PALO Y SE PONE A PERSEGUIRLE! Estos se creen que aún están en el Viet Cong. Claro, nosotros todos locos, gritando “Nicaragua Oé” y animando a nuestro Nica desde arriba. Al final ni palo ni leches, aunque Ricardo no puede completar su hazaña y tiene que volver a la nave nodriza en el barquito con el resto de los mortales. Pero se convierte en nuestro héroe desde ya.

Chinito malo

Después de la aventura, el barco se va a “amarrar”. Esta noche dormimos aquí. La parte buena de pasar todo el día en el barco es que puedes ver como el entorno cambia de luz y de colores. Esto no hay chinito que nos lo amargue 🙂

Y también llega otra recompensa. Ver atardecer mientras nos bañamos, esta vez saltando desde la cubierta del barco. El agua está un poco verde, pero nos han dicho que no hay nada en ella que nos pueda matar. O picar. O morder. O tragar. O contagiar. ¡Nos lo creemos, que esto no tiene precio!

Por cierto, el de la foto es Tom, alias Melón, uno de los 2 israelíes que nos acompañaban a pecho descubierto todo el día, teniendo a las Antonias revolucionadas.

Merecida cena después del bañito, y luego un poquito de juerga, como dios manda. Nos habían prometido karaoke, pero en eso también mienten así que DJ Inaisonfire tuvo que sacar la artillería pesada (y el ordenador) para amenizar la velada.

Al día siguiente, habiendo dormido poco pero bien, seguimos con la ruta. Esta vez nos llevan a Cat Ba island, la mayor de las islas de la bahía. La vegetación es tan densa, tan verde y tan espectacular que parece un set de rodaje de Jurassic Park. Ahí se organiza un trekking por el Parque Nacional, y tenemos otra de las “escenitas” del viaje. El grupo que se junta es enorme, varios tours hacen el ascenso a la vez. Así que se juntan las japonesas pánfilas, las señoras rusas patosas, los gordos británicos hipertensos. Y el camino, al final, se estrecha, así que el tapón de los que suben y los que bajan se hace intratable. No podemos subir el último tramo hasta que la masa desaloja, el problema es que el guía “de cola” que acompaña al grupo desaloja con ellos. Pensaréis por ello… qué desgraciados! Pues no os adelantéis.  Nos ponemos a bajar, y 5 de nosotros encontramos el camino sin mucha dificultad, pero 4 se quedan atrás. No les oímos y no sabemos si se han perdido o se han hecho daño. Me voy en busca de nuestro “tour guide” y le comento la situación, y sabéis qué hace? SE MARCHA. El autobús SE MARCHA. A nadie se le ocurre ir a comprobar si estas 4 personas están bien, si se han caído por un barranco o se han equivocado de camino. Hay otros grupos y no se les puede hacer esperar. Yo evidentemente monto en cólera, pero como el autobús ya se ha ido sólo puedo desahogarme dando patadas a las piedras.

Por suerte, a los 5 minutos aparecen los “desaparecidos” enteritos, y les doy parte de la situación. Momento de ira, momento de mosqueo… pero estamos de vacaciones, ¿no? Pues que rule una cervecita. Y por suerte, el monstruo organizador que llevo dentro, ese bicho “apagafuegos” que venía de serie pero que creció en mi último trabajo como planificadora de publicidad, hizo su aparición. Si el autobús no se hubiera llevado mi mochila, me hubiera ingeniado un disfraz de Superwoman. Veo 2 motos, recuerdo el nombre del hotel a donde nos debían llevar, me llevo a Isaac de refuerzo conmigo y empieza la operación rescate. En poco más de 2 horas volvemos a estar todos juntos, con otra cerveza y riéndonos de lo ocurrido.

Por si os preguntáis si le dijimos algo al “tour-guide” de nuestro grupo, la respuesta es sí. Cuando intenté decirle que su actitud era muy poco profesional, su respuesta fué que si tenía alguna queja me fuera a verle a la oficina de Hanoi, y allí ya vería lo que pasaría cuando estuviera él con sus amigos. SI, CORRECTO, ME AMENAZÓ. ¿Son unos Hijos de P., o no son unos Hijos de P? Pero no pasa nada, porque como ya he dicho, yo estoy de vacaciones y me lo estoy pasando en grande.

De hecho, tan en grande nos lo estábamos pasando que decidimos alargar nuestra estancia en Cat Ba island una noche más. Todos excepto Melón y Jamón, que tenían un viajecito planeado. Pero los 7 restantes pasamos otro maravilloso día de playa y relax en la isla, antes de seguir con nuestro tour un día más tarde.

Un día después, retomamos elt our donde lo habíamos dejado, y con otro guía un poco menos malnacido que el anterior, y volvimos a surcar las aguas salpicadas de piedra caliza que tanto nos gustan. Hicimos una excursión en kayak, que acabó convirtiéndose e una guerra de agua.

Y al final, nos dió tanta pena separarnos que nos volvimos todos a Hanoi a alojarnos en el mismo hotel.

Y que sigua fiesta!

Últimos dias en Bali

17 Sep

Bueno bueno, que se me acumula la faena! Hace más de una semana que salí de Indonesia y aún no os he hablado de mis últimos días allí.

La última semana en este país tan ¿contradictorio? la pasé en su mayor parte en Ubud. Puedo decir desde ya que es mi zona favorita de Bali. Es una zona muy turística, correcto, pero turística bien llevada. Allí me dediqué un poco a la vida contemplativa. Paseíto por aquí, zumito de aguacate por allá. Que si me voy de copas, que si me hago la pedicura… Lo normal, vamos!

Entre las cosas productivas, visité el Don Antonio Blanco Museum, que era una especie de genio loco con aires de Dalí y que pintaba cuadros que bien merecerían los dos rombos en su mayoría (cochinote!!). Su obra, psé. El edificio, rebonico.

Desde el tejado del Blanco Museum

Con mi compañera temporal de viaje, Angelika, hicimos un intento de road trip. Queríamos descubrir algún otro rincón mágico de la isla como Sidemen, pero la cosa se nos quedó en nada. Un par de vistas de postal a terrazas de arroz, probar el Kopi Luwak (el café más caro del mundo, de CURIOSA fabricación) y lo más interesante, otro encontronazo con la policía. No me preguntéis como, pero de nuevo nos libramos. Esta vez sin pagar ni un puto duro (ni dólar de singapur tampoco), y despidiéndonos del policia con un “Adiós Amigo!” y chocándole la mano. Una le acaba pillando el truquito a esto de la corrupción.

Kopi Luwak + otras delicatessen

Y otra de las actividades, digamos, “diferentes” para la colección de “batallitas que contar a los nietos”, fue que sin saber muy bien como acabé haciendo de modelo para una clase de Arte. Así que la resaca (es broma mami, que yo no bebo) del sábado la pasé haciendo posturitas delante de 20 aspirantes a artista y un Maestro. ¿A cambio? Una anécdota, 3 cuadros y 150,000rps. Como este es un blog para todos los públicos, os dejo uno de los sketches que me hicieron cuando aún llevaba el sarong. El momento “maja desnuda” lo guardo para cuando sea famosa y pueda subastarlo.

Pranoto Gallery

En Ubud me despedí de Yasmín, quien me abrió las puertas de su casa por segunda vez, y de Angelika, inmejorable compañera de aventuras por 2 semanas. Y puse rumbo a la playa para pasar mis últimos días en el país haciendo la lagartija.

En Nusa Lewongan encontré lo que creí perdido en Gili T. Una isla tranquila, con hoteles pero mucha vida rural y tradicional. Gente tranquila que te pregunta de dónde eres pero no te acosa. Niños que venden caracolas pero no te persiguen diciendo “money money money“. Sonrisas gratis. Allí la gente vive de las algas, y el turismo es casi algo anecdótico para ellos.

Y tras un par de días allí, relajándome y acostumbrándome a ese olor tan raro que tienen las seaweed, me volví a Bali. Poco más de 24h para ultimar mi visa vietnamita, ser fugitiva de la poli un par de veces, comer marisco a precio de risa, y tomar un poco más de playa (que no de sol) en Jimbarán en buena compañía.

Me voy de Indonesia con una sensación rara, sin saber si me ha gustado o no. Tal vez hablar de “Indonesia” sea muy osado, ya que el país es enorme y yo solo he visto de él una parte diminuta. Y tengo que asumir mi parte de culpa, tal vez he hecho malas elecciones estando aquí. ¿Se merece otra oportunidad? Mierda, otro país al que tendré que volver para despejar mis dudas. Así no acabaré nunca… 🙂

Last Stop: SYDNEY

7 Ago

La gigántica y masiva Sydney ha sido la última parada en la etapa aussie del viaje. Aunque si os digo la verdad, como broche final a mi no me ha deslumbrado demasiado.

Opera house

Que si, que la ciudad tiene su qué. Que las vistas del Harbour Bridge y de la Ópera son espectaculares, que ver el skyline desde el ferry hacia Manly es precioso. Que Chinatown lo mola todo (como en cualquier ciudad del mundo que tenga un Chinatown) y que Bondi Beach es un hervidero de modernos y tablas de surf donde te puedes pasar todo el día sólo mirando y haciendo fotos.

Pero para mi, todo lo que la ciudad tiene de bonita lo tiene de fría. Comparada con el resto de ciudades australianas, esta está absolutamente orientada al business: el CBD tiene poca vida (más allá de las “cañas post-oficina”) y los alrededores son una extensión interminable en que la gente vive “de puertas para adentro”. El único barrio que se salva es Surry Hills, zona céntrica llena de cafés con encanto, op-shops y pequeñas tiendas locales que le dan un carácter, por decirlo de alguna forma, muy melbourniense. Y eso, amigos, es lo que nos gusta 🙂

¡Pero no os vayáis a pensar que no he estado gusto eh! ¡¡Me lo he pasado teta!! Pero no gracias a la ciudad, si no gracias a quienes me han acompañado en estos últimos días. Mi amigo Jarrod vino desde Melbourne y me ayudó a explorar la ciudad y algunos landmarks de la zona. Hicimos una excursión a las Blue Mountains y al Featherdale Wildlife Park. El parque es divertidísimo. Vimos toda la fauna australiana habida y por haber: dingos, equidnas, un cocodrilo, emus, infinidad de koalas, serpientes (con su ránking de venenos y todo), lagartos, canguros, un pajaro con tupé al que rebauticé como Elvis, wallabies,… hasta un pavo real albino! Y claro, el Jarrod y yo disfrutamos como niños grandes que somos.

Jarrod alimentando a un Emu

Ina: - A ver qué tal las hojas de eucalipto... / Koala: - Será hijaputa.

Mi otro compi Jon también estuvo en Sydney por trabajo un par de días, así que cenamos en chinatown (moraleja: la comida taiwanesa es muy sosa…) uno de los días, y en el maravilloso-espectacular-delicioso-ultrarecomendable tailandés Spice I Am el otro. Este restaurante tiene un montón de premios de comida asiática, no admite reservas, tanto el precio como la comida pican un poco, siempre hay cola, y me tenéis que prometer que si vais a Sydney cenaréis allí. Y pediréis la Crisp Pork Belly w/ Basil (el núm. 33 de la carta) y desde entonces me tendréis adoración absoluta y me mandaréis un jamón por navidad. Se me cae la lagrimita de recordarlo.

A Sydney no se si volveré, pero a Jarrod y a Jon les voy a echar mucho (muchísimo) de menos. Y a Australia también, que me ha tratado de maravilla y me ha enseñado muchas cosas de la vida y de mi misma.

Ahora vuelvo a estar en ese punto de no se si estoy contenta o nerviosa o triste o felicísima. Y no se qué tal va a ser Asia (o qué tal voy a ser yo en Asia). Bueno, en pocas horas salgo de dudas no así que por lo menos la incertidumbre me la voy a quitar rápido!

Jumping in Sydney

Amigüitos, la aventura Australiana pone su punto y final.

Cheers!

Cairns, o cambiar arena del desierto por arena de la playa

7 Jul

Cairns es una población turística en la costa nord-oeste de Australia. En ella pasé la última semana, disfrutando de la gente aunque no tanto del entorno. Culpa de la lluvia, que bonito lo es un rato largo.

Está en los Wet Tropics, así que en los alrededores de la ciudad predominan palmeras altas y bosques-jungla (con lianas y todo) al más puro estilo Tarzán. Cascadas, lagos y saltos de agua. Viniendo del desierto, imaginaros el shock.

Cairns tiene playa, pero en la ciudad no se puede bañar uno. Primero, por la marea. Segundo, por las medusas. Tercero, por los cocodrilos. Si, amigos, así es Australia: Localidades playeras que tienen que construir una piscina pública artificial (la lagoon pool) para que sus conciudadanos puedan darse un chapuzón. A mi no es que me importara mucho, porque tuve mala suerte con el tiempo y llovió casi cada día, pero no deja de parecerme curioso.

Una de las principales atracciones de Cairns es su situación estratégica para visitar la Great Barrier Reef, o Gran Barrera de Coral. Considerada Patrimonio de la Humanidad, esta barrera de arrecifes es la mayor del mundo con sus 2600 kms de longitud (dicen que hasta puede divisarse desde el espacio!). Para verla se organizan muchos tours de buceo, submarinismo, cruceros,… desde varias horas a varios días (y varios precios, ninguno barato). Mi particular incursión fue una visita de un día a la preciosa Green Island. Este pequeño cayo de coral, a unos 50 minutos en ferry, es uno de los mejores destinos para hacer snorkel. Los afortunados pueden hasta ver tortugas o tiburones. Yo me tuve que “conformar” con corales multicolor y los increíbles parrot fish que ya descubrí en las Cook. La verdad es que el clima me la tuvo jurada y la visibilidad en el agua era terrible. Aún así disfruté como una enana persiguiendo peces de colores alrededor de la isla 🙂

Playa en Green Island

También visité, con Emily (a quien conocí en el viaje a Alice Springs y que voló en mi mismo avión hacia cairns) el Cape Tribulation & Daintree National Park. Alquilamos un coche y nos recorrimos la zona, vimos unas playas y paisajes preciosos, y a puntito estuve de atropellar a un Cassowary (que es como un Emú/Avestrúz con los colores de un pavo). Disaster: Me dejé la cámara. Así que si lo queréis ver podéis darle a Google imágenes. jajaja

Y aquí la anécdota de la semana:

Cenando con mi Couchsurfer y su familia, de pronto nos dimos cuenta de que una serpiente se había colado en el patio. Según dicen, si la bicha es verde, you’ll be fine. Si es marrón o negra, mejor no te acerques mucho. Y si tiene mala leche (como era el caso de la jodía esta, que nos hacía ruiditos amenazadores enseñando colmillo) mejor llama a un snake catcher, que por 90$ te soluciona la papeleta.

Moraleja: dejemos a los profesionales hacer su trabajo.

Alice Springs & The Outback

29 Jun

El domingo pasado emprendí camino hacia Alice Springs. Como ya os comenté en el anterior post, eso está, más o menos, en el medio de la nada. O del desierto, según queráis verlo.

Llegar hasta allí es costoso, por lo aislado que está. Pero aunque mi presupuesto mensual se quedara temblando no podía dejar pasar la oportunidad de pisar la arena roja del desierto australiano, de atravesar carreteras quilométricas en línea recta, o de admirar la puesta de sol en la Ayers Rock (Uluru para los aborígenes, The Big Rock para los colegas).

Puesta de sol en Uluru

Tras una noche en el encantador hostel Annie’s Place, el lunes a las 6 a.m empezaba nuestra aventura. Lo que siguió fueron 3 días de hiking y vistas espectaculares en Uluru, los Olgas y el Kings Canyon, de dormir bajo las estrellas (en un invento maravilloso llamado swag), de reírnos mucho y compartir anécdotas alrededor del fuego, de aprender sobre la cultura aborígen y de sentir que el frío mañanero y la inversión económica habían valido la pena.

Hiking en el Kings Canyon

The Olgas & The Valley of the Winds

Yo decidí hacer la incursión al desierto con el tour de 3 días que organiza Mulga’s Adventure. Los hay más largos (carísimos) y los hay más cortos (un palizón). Y también se puede hacer por libre, aunque yo no recomendaría pasarse de “aventurero”, porque el aislamiento de la zona y el desconocimiento de los viajeros son muy mala combinación. Especialmente cuando se atraviesa tierra aborígen sin tener ni idea de sus normas. Y sobretodo si se viaja solo, vale la pena poder compartir todas las emociones con otros viajeros. Aunque eso lo digo yo que he tenido una suerte tremendísima con el grupo, y me he sentido más acompañada en estos 3 días que en los últimos 2 meses de viaje.

Como veis hay muchas cosas que han cambiado (el escenario, la compañía, mis botas…), pero hay tradiciones que siguen intactas:

Jumping in The Olgas