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Thailand, fin de fiesta.

7 Ene

Porque este viaje ha sido eso: UNA FIESTA.

El último país del que he disfrutado, tras estos (atención! antención!) 14 meses de viaje ha sido Tailandia.

No me he extendido mucho, me lo he tomado con calma, porque tengo la sensación de que volveré pronto.

Aunque tengo la sensación (igual que me pasó con Bali y con Vietnam) de que para encandilarnos con el país vamos tarde, y que la magia se la llevaron los que tuvieron la suerte de venir hace 10 años. Pero lo que nos han dejado tampoco da para queja: Es un país desarrollado y muy adaptado al turismo, y cuya población convive con los farang día a día y vive, en gran parte, gracias a ello. Tenemos toda una infraestructura a nuestro servicio para facilitarnos la vida, y todas las opciones que nos podamos llegar a imaginar. Pero conserva su belleza natural y su tradicional cultura budista sigue rigiendo todos los aspectos de la vida aquí.

Bangkok, su capital, es una megaurbe a caballo entre Asia y Europa. Llena de rascacielos, taxis, bancos y oficinas, y a la vez llena de olores, mercados, puestos callejeros, templos budistas. Es un puñetazo en la cara. Y es habitable, no me cuesta imaginarme viviendo en ella, aunque sé que pocos corroborarían esta afirmación.

Como turista, las principales actividades aquí se pueden resumir de la siguiente manera:

Shopping, Spas y turismo sexual.

El primero, porque BKK es la locura de los centros comerciales. Hay muchos. Son gigantes. Tienen de TODO. Y ni hablemos de los mercados callejeros, como el Chatuchak Market (el mayor mercado al aire libre del mundo, con más de 15000 puestos entre los que podemos encontrar desde imanes de nevera hasta ardillas voladoras).

El segundo, porque es el paraíso de los centros de belleza. Puedes darte cualquier tipo de masaje o cualquier tratamiento que se te antoje por menos de 1/4 de lo que pagarías en casa, y con unos estándares de calidad que (aunque puedan variar de un sitio a otro) suelen superar las expectativas. Menos en la peluquería, pero claro los pobres no tienen la culpa de no haber tocado un rizo en su vida…

Y el tercero porque, lamentablemente, hay un amplio mercado que abastecer y que viene a Thailandia en busca de ping-pong shows y lo que surja. Y aunque no queráis participar de ello, es inevitable toparte con esta realidad que te acechará en la mayoría de las calles comerciales o turísticas al caer la noche. Yo, ni por curiosidad quise entrar en uno de estos bares. Muchos me dijeron/dirán: “estás en Bangkok, esto forma parte de aquí, es lo típico, ni que sea tienes que entrar 10 minutos…” pero como me parece denigrante, vejatorio y vergonzoso, no quiero que ni uno solo de mis dólares vaya destinado a perpetrar esa industria. Pero ahí cada cual con su conciencia (y con sus ETS).

Desde Bangkok me marché a Koh Tao, una isla en el Golfo al sureste. Allí me encontré con Isaac, que se acaba de mudar en busca de trabajo, para pasar juntos las Navidades y el Fin de año.

Han sido unos días geniales, a pesar de que la lluvia viniera a visitarnos y se quedara durante 4 días, en los que hemos conocido a un montón de gente (españolitos casi todos) divertidísima que nos ha hecho de familia postiza para pasar las fiestas. Quien me diga que no quiere viajar solo se gana una colleja y un chupete. ¡Es lo mejor para socializar, aunque parezca contradictorio!
Y en esta isla, cuyo nombre significa Isla Tortuga, me he dedicado a 2 actividades principalmente (más allá del cerveceo y el tumbarme al solecito):
Muai Thai. Pim, pam. 2 semanas llena de moratones y con la adrenalina desbordada. Dar ostias a la Thailandesa, debería ser asignatura obligatoria en todas las carreras.

Submarinismo. Por el poder de PADI me declaro… ¡Advanced! Sí, sí, amigos. Me metí en el agua a hacer el primer curso, y me gusto tanto que en cuanto acabé me apunté al segundo. Y me encanta. La visibilidad en esta época del año no es muy buena, pero lo disfruté como una enana.

Tanto es así que he decidido acabar mi super-mega-hiper-extra-aventura-que-te-cagas en Kao Lak, buceando en las Similan Islands. Fuckin’ Paradise.

¿Alguna vez habéis probado a explorar un barco hundido con, literalmente, autopistas de peces encima de vuestras cabezas (y debajo, y por todas partes)? ¿No? Pues probadlo, os cambiará la vida.

La mía, desde luego, ha cambiado. Por esto y por todo lo que llevo vivido en estos 14 meses de aventura.
Me despido saltando desde Tailandia, junto a ese mar que es bonito desde fuera pero sobretodo desde dentro.

Nos vemos en Barcelona en 72h.

Must: Myanmar

3 Ene

Myanmar (o Birmania) es el país de las experiencias, de los contrastes, del no dar crédito. Y siempre en positivo.

Confirmo que es, hasta el momento y sin lugar a dudas, el país en el que más acogida me he sentido. Los Birmanos se merecen… Se merecen las sonrisas que tienen, y se merecen el cambio que les está llegando, y se merecen colores y oportunidades, porque sin tenerlas han sabido crecer en el lado optimista y brillante de la vida. Me han robado el corazón.

El país es un diamante en bruto, precioso y poco explotado, así que hacedme un favor y NO VAYÁIS, que yo tengo ganas que volver y no quiero que me lo estropeéis ;).

Conocer la historia reciente del país todavía le da más valor a la felicidad que te contagian los lugareños, porque (sin extenderme mucho), para los que lo no sepáis, Myanmar ha vivido 50 años de dictadura militar. Sólo hace un par de años tuvieron estrenaron su primer gobierno “civil”, aunque la junta militar sigue con las manos en la masa. Los países occidentales están empezando a desbloquear la economía del país (para que os hagáis una idea, no hay bancos ni cajeros en todo el territorio donde poder usar tu tarjeta de crédito), aunque todavía les queda un largo camino por recorrer. Tiempo al tiempo. Y yo de vosotros no esperaría a que eso ocurra para poner los pies allí, porque con la bonanza vendrán las perspicacias y la explotación turística, y con ello -siento hacer de pitonisa malrollera- se perderá la magia. Tic tac.

Datos prácticos:

Visado. Hay que llevarlo de antemano, no hay otra. Si estáis en Europa, creo que hay que mandar el pasaporte a la embajada en Berlín. Si estáis de viaje y pasáis por Bangkok, es vuestro momento de arreglar el papeleo. Os mando directamente a la página de mi “gurú” y autoproclamado embajador de Birmania en el mundo. No encontraréis información más clara en español (gracias Robert!). Aún así, double-check antes de liaros, porque las cosas pueden cambiar de un día para otro.

– Dinero. Como os he dicho, no hay cajeros así que hay que llevar dinero en metálico. Concretamente, dólares americanos nuevecitos. Si están doblados, marcados, arrugados o manchados no os los aceptarán o os harán el cambio a peor. También hay algunos números de serie non-gratos. Os recomiendo una cartera larga y rígida donde poder colocar a vuestros verdes amiguitos sin riesgo. El kyat birmano está muy devaluado, así que prepararos para jugar a los millonetis durante unos días:

cambio de 300$

– Ruta. Hay zonas bloqueadas a los turistas, y otras a las que sólo se puede llegar en avión (cuyo dinero va directamente a la milicia, por lo que se recomienda evitarlo). Así que se necesita un poco de previsión para moverse. El Big Four es Yangon – Mandalay –  Inle – Bagan.

Yangon (la capital) no da para más de uno o dos días, aunque la Swedagon Pagoda bien merece una visita. Mandalay en sí no tiene nada, pero está estratégicamente colocada para ser campamento base y visitar Amarapura, Sagain e Inwa. El Inle lake ya es otra historia, es turístico pero muy bonito, y si podéis llegar hasta él andando desde Kalaw, en un trekking de 3 días (recomiendo hacerlo con Mr. Sam) os llevaréis un recuerdo precioso e imborrable de la zona. Y Bagan, Bagan, Bagan… impresionante, y punto. Qué putada que se me estropeara la cámara de fotos nada más llegar, me hubiera encantado enseñaros la puesta de sol con las miles de pagodas asomadas por la llanura. Os puedo decir que es, literalmente, de lagrimita. También tuve la suerte de visitar Hsipaw, un minipueblo monísimo (en el que hacía un frío de la leche) desde el que volví en tren a Mandalay cruzando el Gokteik brigde (tiene 100 años, y en su día fue el 2º más alto del mundo), en un divertidísimo viaje en tren. Y me quedé con las ganas de subir al norte hasta Myitkyina, que le tenía muchas ganas, pero hubo revueltas y el gobierno bloqueó la entrada de turistas. Es lo que pasa cuando no hay libertad de prensa, a los que no puedes controlar les prohibes la entrada y te ahorras cámaras de fotos indeseadas.

¿Y qué mas? Pues todo esto:

































Sigo flipando.

Por cierto, ¡FELIZ AÑO A TODOS!

Soon U Ponya Pagoda, Sagain, Myanmar

Los templos de Angkor

15 Dic

Cruzar la frontera entre Thailandia y Camboya por Aranyaprattet requiere un ejercicio de contención de nervios, paciencia y buena suerte que no todos son capaces de sortear con elegancia. Ni sin ella, para qué engañarnos. No me voy a extender en el tema porque la red está llena de blogs y consejos sobre como cruzarla de la forma menos dolorosa (y más económica) posible pero voy a comentar 2 cosas que a mi me ayudaron:

1) Informaros bien. Usad todos esos recursos a vuestro alcance e id preparados (en especial mentalmente) para cualquier eventualidad. Leer sobre las experiencias de otros viajeros, sobretodo las más recientes, para saber qué nuevo tipo de scam se han ingeniado para rascarnos los dólares. Cuanto más sepáis sobre el tema, menos constituiréis un blanco para los timadores.

2) Si sois viajeros individuales como servidora, sacad vuestras dotes de socialización e intentad agruparos con gente antes de cruzar. Ir en grupo siempre ayuda a rebajar la tensión, 4 ojos ven más que dos y, muy especialmente, vuestro poder de negociación se multiplica.

Con estos dos consejitos y un par de valerianas estaréis sanos y salvos. Y os prometo que vuestros esfuerzos serán recompensados, porque lo que os espera al otro lado de la frontera es simplemente para quitarse el sombrero.

Y no me estoy refiriendo a la amabilidad y simpatía permanente de los camboyanos, ni a los mantos de todos los verdes imaginables en los campos de arroz, ni a los preciosos pueblitos de bambú que os cruzaréis en el viaje…

Me estoy refiriendo a los Templos de Angkor, que para la mayoría constituyen la Perla del sureste asiático. Y no es para menos, ya que el complejo de templos hindús (que incluye Angkor Wat, el mayor edificio religioso del mundo) representa la perfecta combinación entre creatividad y espiritualidad en la que fuera la capital del antiguo imperio Jemer. El precio, teniendo en cuenta que es uno de los países más pobres del mundo, es bastante elevado (20$ por la entrada de un día o 40$ por la de 3) y duele pagarlo sabiendo que van a parar directamente a capital privado, pero después de un par de horas allí se te pasa el dolor del monedero y el sarpullido en la conciencia. Y pasas a sufrir de dolor de pies, alergia a los japoneses y agotamiento crónico en la cámara de fotos.

La visita se puede hacer en moto, bici (una pequeña locura si tenemos en cuenta que el perímetro de el principal grupo de templos es de 45kms), o en tuk-tuk. Incluso en elefante, aunque a mi esas horteradas no me van. Además, hace unos años en la India tuve una mala experiencia cunado fui vilmente secuestrada por un conductor de elefante que me exigia una propina (un peaje, diría yo) por dejarme bajar del bicho. Yo me hubiera quedado allí todo el día discutiendo si no fuera porque el animal estaba acatarrado y cada vez que estornudaba me ponía fina con esa trompa que parecía un aspersor de gelatina verde. Esa traumática anécdota supuso el fin de mi relación con los elefantes, y desde entonces no puedo evitar mirar Dumbo con recelo.  Resumiendo, que yo vi los templos en tuk-tuk. Barato, práctico y mucho menos arriesgado.

Los días son agotadores, física y sensorialmente. Porque lo que hay allí, señores, no hay palabras suficientes para que ustedes lo entiendan. ¡Qué maravilla! Si intentas mentalmente reconstruir cómo debió ser aquello en su momento de máximo explendor puedes sentir el efecto dominó en tus neuronas, que se van desmayando una a una. Templos los hay para todos los gustos: grandes o pequeños, de piedra o de tochos, reconstruidos o en ruinas,… Normal, habiendo más de 1000 es lógico que tengamos donde elegir. Yo personalmente me decanto por los menos transitados y que han sido “tomados” por la jungla, con esos árboles de raíces gigantes abriéndose paso entre las piedras. Algunos crecen, literalmente, sobre ellas. Me parece de lo más poético. Es como si la naturaleza nos hablara, nos reclamara el espacio que un día le arrebatamos sin preguntar para construir nuestros santuarios.

Sobre Angkor Wat, la niña bonita del grupo, diré que es enorme y espectacular. Aunque como bien sabéis, si hay una palabra que aterra a todo turista (al turista de catedrales, no al de litronas en Salou) es: andamio. Que yo entiendo que hay que reparar y limpiar y arreglar para que las cosas estén bonitas, pero ya podrían haber elegido otro día para ello. O al menos haber puesto lonas más discretitas, que ese verde no hay photoshop que lo disfrace…

Cerquita de los templos hay otras cosas interesantes de ver, como las cascadas o los Floating Villages. Así que mi último día pasé media jornada subida en un barco explorando estos mágicos pueblos. No es la primera vez que veo algo así (ni la segunda) pero nunca deja de sorprenderme cómo un río puede articular todos y cada uno de los aspectos de la gente que vive allí.



También hay que decir que esto pasó el día 8 de noviembre, en que servidora cumplía un año de viaje. Y lo celebré haciendo algo que, al menos yo, no hago todos los días. No solo flipando con los templos y los pueblos, sino conduciendo el barco por el río de vuelta a casa. ¡Tengo pruebas!

Yo encantada por llevar semejante armatoste, y el conductor encantado porque alguien estaba haciendo su trabajo. Win – Win.

Termino recomendando alojamiento en Siem Reap: Siem Reap Rooms Guesthouse. Entra en la categoría de budget accomodation, y aunque en Siem Reap podéis encontrar cosinas más baratas os aseguro que quedarse aquí vale mucho la pena. No deja de ser económico, está muy bien situado, muy limpio y lo lleva una pareja de canadienses que son viajeros experimentados, por lo que saben lo que los backpackers necesitamos. Están siempre dispuestos a ayudarte, y lo hacen sin atender a comisiones o sobornos de otros negocios. Y os aseguro que todo eso, tras un día eterno visitando Angkor, se agradece.

El norte de Laos

10 Nov

La última semanita en este genial país asiático tocó darle caña al norte.
Desde Luang Prabang cogimos un barquito en dirección a Nong Khiaw, un mini pueblito al lado del río entre 2 montañas, un enclave de lo más espectacular. El pueblo en sí no tiene mucho, es chiquitín chiquitín, pero el trayecto en barco hasta allí (5h) es de los más bonitos que se pueden hacer por estos lares. Tenía muchas ganas de hacerlo porque varios viajeros nos lo habían recomendado, y la verdad es que me encantó, tengo las imágenes grabadas en la retina. Pero sólo en la retina, no se por que pero no hice fotos así que os tendrés que fiar de mi palabra. O mejor, ¡os vais para Laos y lo comprobáis por vosotros mismos!

Desde allí, un trajecto en autobús (en 2 autobuses, para ser exactos) nos acercó a Luang Nam Tha, otro pueblo en las montañas. Es famoso por los trekkings de montaña, pero tal vez demasiado famoso, así que los precios están un pelín hinchados. Pero la buena noticia es que, a escasos 60kms hay otro pueblo, llamado Muan Sing, en el que se ofrecen los mismos trekkings a un precio mucho más competitivo. Consejito: los que viajan por libre deberán quedarse en Luang Nam Tha, porque pueden acogerse a algún grupo de trekking abierto. Los viajeros en grupo, miniván y para Muan Sing ya que os harán el trek para vosotros y os saldrá mucho mejor. Las opciones son infinitas. Excursiones de 1 a 5 días, bien por la jungla, por el parque nacional o para ver a las minorías étnicas que viven en las montañas.

Nosotros nos decantamos por la última opción, 2 días de pateo durmiendo en una Akha Village, por el módico precio de 35$ (todo incluído). Y digo “nosotros” porque en Muan Sing, Nuria y yo nos reencontramos con Carlitos y Felipe, los chilenos que conocimos en Halong Bay. Compañía inmejorable para una experiencia inolvidable. Good times!

El tour empezó visitando un templo budista, donde pude aprovechar para preguntarle a nuestro guía Som Chai algunas dudas y para sacar algunas fotos de los monjes.

En el camino visitamos varios pueblos, cruzamos jungla, fuimos atacados por sanguijuelas (asco de bichos), comimos caña de azúcar, y nos lo pasamos en grande. Dormimos en una cabaña elevada de bambú e incluso nos dieron un masaje tradicional, que después de tanto andar durante el día, nos dejó como nuevos.
Como siempre, mejor os enseño las fotos porque nada de lo que diga serviría para ilustrarlo mejor.





ESTO es el poblado



y AHÍ me "duché"



Y por supuesto, qué mejor lugar para hacer lo que tan bien se me da 😉 Ya se que este salto no es muy espectacular, pero me entró pánico escénico. Detrás de Carlitos había unos 15 aldeanos alucinando con la idea de que alguien (en este caso: YO) estuviera haciendo el canelo mientras intentaban robarle el alma…

Después de esto (insertar carita triste aquí) llegaron las despedidas. Después de un mes y medio con Nuria (no la llamaré La Nuri que se enfada) y de este reencuentro con los chilenos más majos que ha parío madre, de marché solita para Thailandia. Aunque eso ya os lo contaré otro día.

Diarios Vietnamitas, Vol.6

21 Oct

Para despedirme de Vietnam, tengo que hablaros de Hanoi, su capital.

La ciudad donde el tendido eléctrico provoca, cuanto menos, inseguridad desconcierto,

Donde al salir o caer el sol todo el mundo se vuelve loco por hacer ejercicio (¿será ese el secreto de su longevidd?) alrededor de los lagos o frente al mausoleo de Ho Chi Min,

 

O donde ver una bicicleta es siempre un espectáculo,

Es también la ciudad del Templo de la literatura (primera facultad del país), de las pagodas,  la ciudad donde pasear apretujado por el mercado nocturno, donde disfrutar (o echarte una siesta) en el teatro viendo las marionetas acuáticas, o en la que puedes ir a un restaurante y encontrarte un perro laqueado en la parrilla.

Pero sobre todo, es la ciudad donde, después de 11 meses, recibí un kg de jamón, salchichón y chorizo ibérico, una Cuore y una bolsa de pipas churruca. ¡Mis padres y mi tía vinieron de visita! Fueron sólo dos días juntos, que a todos nos supieron a poco, pero que a mi por lo menos me cargaron las pilas de energía positiva.

Aquí le dijimos adiós a Isaac tras un mesecito viajando juntos. Le deseamos lo mejor en su nuevo trabajo en Malasia, le mandamos saludos para las tortugas y Nurita y yo nos subimos en un autobús en dirección a Laos. Le echaremos de menos, pero se merece el trabajo 🙂

Jumpin in Hanoi

Nos quedamos solas ante el peligro. Pobrecitos laosianos,…

Diarios Vietnamitas, Vol. 5

15 Oct

Después de la preciosa aventura por las aguas de Halong, decidimos cambiar de escenario radicalmente y marcharnos a la montaña. Así, después de un breve descanso en la capital, nos marchamos para Sapa, casi en la frontera con China.

De esta zona montañosa llena de arrozales habíamos oído todo tipo de opiniones, muchas de ellas diciendo que no valía la pena. ¡Pues para mi se convirtió en el punto estrella de Vietnam! Al final las opiniones no son más que eso, y la experiencia de cada uno es incomparable e irrepetible. Allí nos esperaba nuestro héroe nicaraguense, de quien os hablé en la entrada anterior, y entre él, Isaac y Nuria formamos un equipo perfecto para descubrir el área. Vaya a ser que las compañías ayuden a que haya puesto Sapa en un pedestal… También diré que aquí me reconcilié con las gentes vietnamitas, ya que la mayoría de los habitantes de la zona viven con la sonrisa puesta y son amabilísimos.

Esta parte de Vietnam se caracteriza por tener un clima complicado, así que si tenéis pensado pegaros el palizón para subir hasta allí, mejor comprobad antes el tiempo. Nosotros tuvimos mucha suerte, con sólo un día de lluvia y niebla, aunque con eso nos bastó para entender de dónde viene la mala fama de la zona.

Sapa dentro de una nube

La actividad estrella en esta zona es hacer un trekking hasta uno de los poblados étnicos y pasar la noche allí con una familia Hmong. Todos los hoteles lo organizan, pero se puede hacer exactamente lo mismo por menos de la mitad organizándolo directamente con las mujeres de las tribus que venden artesanía por el pueblo. A nosotros nos acecharon a los 2 minutos de llegar. No puedo decir si la experiencia es buena o no, porque como al final nos pareció todo el mismo perro con distinto collar, decidimos pasar de todo y recorrer la zona con unas scooters alquiladas.

En los 4 días que le dedicamos tuvimos tiempo para ver cascadas, poblados, ayudar a los campesinos a desgranar arroz, colarnos (bueno, yo) en una escuela a flipar con las clases de inglés y de gimnasia, recibir saludos mientras conducíamos nuestras motos, jugar con niños e hincharnos a sopa de noodles (Phó) y paisajes. Para muestra:

Estilazo de Isaac desgranando arroz

Y entre todo este espectáculo, también me quedó tiempo para otra cosa.

¡¡¡¡PATADA VOLADORA!!!!

North and Central Bali

3 Sep

Escapando de Gili T nos plantamos en Lovina, al norte de Bali. Y que viva el hinduismo!

Lovina, aunque también es turístico, es una zona mucho más agradable de visitar que la anterior. Tiene playa, y es conocida por los delfines que la habitan. Aunque para mi lo bueno no tuvo nada que ver con el pueblo sino con lo que en él nos pasó.

La noche que llegamos nos fuimos a un bar cercano, donde una banda local tocaba música en directo. Y eran muy buenos. Disfrutando del espectáculo cerveza en mano fuimos hablando con otros clientes del local. Acabé charlando con una pareja de unos 50 años que vive en Jakarta, y tienen una “Villa” en Bali, cerca de donde estábamos. La conversación era agradable, y tenían una histora de amor preciosa que me encantó escuchar. Sin saber ni como, acabamos quedando para ir a las hot springs (Air Panas Banjar) de la zona. Tres piscinas a diferentes temperaturas con chorritos de agua milagrosa que me dejaron las cervicales como si nunca hubieran cargado una mochila.

A partir de ahí, no se si decir que la pareja nos esponsorizó o nos adoptó. Desde
ese momento nos convertimos en las “hijas mimadas” que no tienen. Después de las termas fuimos a su (in-cre-i-ble) Villa. Allí hablamos, tomamos cervezas, nos invitaron a comer un saté delicioso e infinito, nos relajamos en la piscina. Después, las 3 mujeres nos fuimos a un spa a que nos dieran un “masaje balinés” mientras el marido, como buen macho alfa, nos esperaba en el bar tomándose sus copazos. Salidas del masaje nuevecitas, nos fuimos a tomar un cocktail que tampoco pudimos pagar. Y luego nos llevaron a un “really nice restaurant” donde cenamos con vino frente a la playa, sólo con la condición de que nos dejaran pagar al menos una cerveza después. Y luego, desaparecieron. Así, sin pedir nada a cambio. Sin esperar ninguna recompensa. Todavía no me explico de dónde me caen estos ángeles.

Porque todavía hay más: Al día la mañana siguiente, nos recogió su chófer (repito: su chófer) que estaría a nuestra disposición todo el día. Nos llevó a las Gitgit Waterfalls, y a los templos Pura Dalem (donde un viejito que rezaba allí se encariñó con nosotras) y Pura Beji.

Pura Dalem con el viejito

 

Pura Beji

Y al final de nuestro recorrido, nos dejó en Candicuning, un pequeño pueblo a orillas del lago Danau Bratan. Y allí acabó nuestro cuento de princesas y nos convertimos en backpackers otra vez.

Locales esperandoa subirse en una barca en el Danau Bratan

Candicuning es famoso por su impresionante jardín botánico y por sus fresas, que puedes comprar en todas partes. Yo tenía antojo así que me fuí a un campo y pregunté si podía comprar medio kilo. El hombre, sujetando un cestito, me dijo:

You can pick them yourself, or someone can do it for you.
What’s the difference?
You enjoooooooy!!!

No se hable más, dame un cesto que me pongo en modo recolector. Estaban buenísimas, y más lo estaba el strawberry juice que me prepararon al momento con parte de mi cosecha. Yummie!!

Y otro de los highlights de la zona, en el pueblo vecino (Begudul) es el templo Pura Ulun Danu, construido sobre las aguas del lago. El típico templo que sale en las postales y en los billetes de 50.000 rupias. El mejor lugar para perpetrar mi propia estampita balinesa.

Jumping in Pura Ulun Danu

Y con esto y un bizcocho, nos marchamos para Ubud 🙂

Java, el Ramadán y una tabla de surf.

27 Ago

El miércoles 3 de agosto, tras un último avocado juice en Ubud, nos montamos en un autobús que nos lleva hasta Java, la Isla vecina.

El autobús es mucho más cómodo de lo esperado, así que el trayecto no se hace muy duro. A las 2 a.m. nos plantamos en Probbolingo, en la nueva isla y con nueva zona horaria. Este pueblo no tiene más interés que el geográfico, así que sin perder tiempo, desde allí contratamos un “tour” que nos llevará a ver la salida del son sobre el Monte Bromo. La subida al Mt Pananjakan (desde donde contemplar las vistas) es dura, pero las vistas desde allí son, supuestamente, lo más impresionante de Indonesia.

Sunrise from Mt Pananjakan

Mar de arena, paisaje lunar, cono volcánico humeante… Pues sí, parece que esto es un MUST. Definitivamente vale la pena. Y supongo que a los otros 500 guiris que están a mi alrededor también les parecerá bonito.

Mt Bromo

Acabado el momento “autobús de japoneses” seguimos nuestro camino dirección Yogyakarta, a donde llegamos a las 22h del día 4, tras 32h de trayecto incluyendo la paradita para el sunrise.

Lo primero que nos llama la atención al despertarnos en Yogyakarta es que para tener 2 millones de habitantes, esta ciudad está muy tranquila. Pero claro, Java es una isla musulmana, y este año el Ramadán cae en Agosto. No será hasta caer la noche cuando la ciudad recobre la vida que -creemos- es natural en ella.

Tienda en Jogja

En nuestro primer día en Jogya visitamos el Kraton (si, en Java hay un Sultán) que no es especialmente instructivo, y además tiene toda la programación especial cancelada por el Ramadán. Nos paseamos por la ciudad y asistimos a una cena de Couchsurfing donde conocemos a muchos locales y a algunos otros viajeros.
Al día siguiente visitamos el templo de Prambanán, con un calor de morirse, pero totalmente merecida la visita.

Templo Hindú de Prambanan, patrimonio de la Humanidad

Por la noche, con algunos de los viajeros que conocimos el día anterior, nos vamos a cenar a un genial mercado local que descubrimos en un callejón plagado de pequeños puestos que aparecen al caer la noche. La comida riquísima, los precios de risa y sin más caras blancas que las nuestras. Toda una experiencia que me encantará recordar :). Desde allí, vamos a ver Wayang Kulit, un show tradicional de marionetas de piel, ya que casualmente uno de los mejores “master of puppets” del país actua esta noche. ¿Interesante? Mucho. Pero un coñazo. Aguantamos una hora (de las 7 que dura) y salimos por patas. Pero no os penséis que somos las únicas que lo encontramos aburrido: los locales asistentes se pasan el rato charlando, fumando, comiendo… hasta los integrantes de la orquesta, desde arriba del escenario, pasan el rato enviando sms desde sus blackberries!!

Wayang Kulit, también Patrimonio de la Humanidad

Tras Yogyakarta nos dirijimos a Pangandaran, población costera que acoje a turismo local mayoritariamente. El trayecto en minivan son 8 horas por la peor carretera que mis ojos han visto -y el resto de mi cuerpo ha sufrido- en mi vida. Además, pensar que el conductor está en ayuno desde hace horas no ayuda a tranquilizarme. Terror siento al recordarla. Claro, aquí también es Ramadán, así que el pueblo está bastante tranquilo. Aunque me gusta, qué queréis que os diga.

Pangandaran

Allí hacemos una excursión al Green Canyon. Nos enseñan cómo se fabrica el azúcar de coco, la talla de las marionetas de madera (llegados a este punto, la palabra Puppetme produce escalofríos) y vamos a un centro de conservación de tortugas. Pero lo más bonito es navegar por el Green river y nadar por él, escalando rocas y dejándonos arrastrat por la corriente para admirar el cañón desde dentro. Precioso y divertidísimo, pero mi cámara no es waterproof así que os quedáis sin foto 😛 Lo único que me toca las narices es que como es Ramadán te no te dan la comida que supuestamente incluyen la excursion, pero por la noche están todos borrachos en los chiringuitos de la playa. Los javaneses son musulmanes para lo que les interesa.

Coconut Sugar

Wood Puppets

¡Tortuguita!

En este encantador pueblito tiene lugar también un evento de magnitud incomensurable: MI PRIMERA CLASE DE SURF. ¿Y sabéis que? I’m a winner! Y no lo digo yo, me lo dijo mi profe!! Me puse de pié al tercer intento. Un aplauso, por favor.

Atención a mi estilazo... jajaja

Gracias, gracias.
Como premio me regalé una hora de masaje (masaje puntillista, según Laura) por el módico precio de 50.000rp (unos 4€), y con esto pongo el broche final a estos dos días playeros.

Vuelta a Yogya, esta vez en tren (en clase Bisnis, ¿no os encanta el nombre?) donde nos pegaremos un madrugón para ir a ver Borobudur. Levantarse a las 4a.m es un rollo, pero este templo se compara con las ruinas de Angkor en Cambodja y vale la pena admirar la belleza del mayor monumento budista del mundo sin el calor sofocante del mediodía.

Detalles de Borobudur, que también (oh! sorpresa) es Patrimonio de la Humanidad

El sábado me despido de Laura, su viaje llega a su fin en un par de días y yo quiero volver a Bali huyendo del Ramadán. Estoy muy contenta de que nos hayamos reencontrado en Indonesia para el final de su aventura, quién sabe dónde nos encontraremos la próxima vez!

Aunque soy un poco chaquetera y a las 12h me subo en un bus en dirección Bali con una nueva compañera de viaje. Os la presento en el próximo post 🙂

Saltando en Java (Mt Bromo)

Last Stop: SYDNEY

7 Ago

La gigántica y masiva Sydney ha sido la última parada en la etapa aussie del viaje. Aunque si os digo la verdad, como broche final a mi no me ha deslumbrado demasiado.

Opera house

Que si, que la ciudad tiene su qué. Que las vistas del Harbour Bridge y de la Ópera son espectaculares, que ver el skyline desde el ferry hacia Manly es precioso. Que Chinatown lo mola todo (como en cualquier ciudad del mundo que tenga un Chinatown) y que Bondi Beach es un hervidero de modernos y tablas de surf donde te puedes pasar todo el día sólo mirando y haciendo fotos.

Pero para mi, todo lo que la ciudad tiene de bonita lo tiene de fría. Comparada con el resto de ciudades australianas, esta está absolutamente orientada al business: el CBD tiene poca vida (más allá de las “cañas post-oficina”) y los alrededores son una extensión interminable en que la gente vive “de puertas para adentro”. El único barrio que se salva es Surry Hills, zona céntrica llena de cafés con encanto, op-shops y pequeñas tiendas locales que le dan un carácter, por decirlo de alguna forma, muy melbourniense. Y eso, amigos, es lo que nos gusta 🙂

¡Pero no os vayáis a pensar que no he estado gusto eh! ¡¡Me lo he pasado teta!! Pero no gracias a la ciudad, si no gracias a quienes me han acompañado en estos últimos días. Mi amigo Jarrod vino desde Melbourne y me ayudó a explorar la ciudad y algunos landmarks de la zona. Hicimos una excursión a las Blue Mountains y al Featherdale Wildlife Park. El parque es divertidísimo. Vimos toda la fauna australiana habida y por haber: dingos, equidnas, un cocodrilo, emus, infinidad de koalas, serpientes (con su ránking de venenos y todo), lagartos, canguros, un pajaro con tupé al que rebauticé como Elvis, wallabies,… hasta un pavo real albino! Y claro, el Jarrod y yo disfrutamos como niños grandes que somos.

Jarrod alimentando a un Emu

Ina: - A ver qué tal las hojas de eucalipto... / Koala: - Será hijaputa.

Mi otro compi Jon también estuvo en Sydney por trabajo un par de días, así que cenamos en chinatown (moraleja: la comida taiwanesa es muy sosa…) uno de los días, y en el maravilloso-espectacular-delicioso-ultrarecomendable tailandés Spice I Am el otro. Este restaurante tiene un montón de premios de comida asiática, no admite reservas, tanto el precio como la comida pican un poco, siempre hay cola, y me tenéis que prometer que si vais a Sydney cenaréis allí. Y pediréis la Crisp Pork Belly w/ Basil (el núm. 33 de la carta) y desde entonces me tendréis adoración absoluta y me mandaréis un jamón por navidad. Se me cae la lagrimita de recordarlo.

A Sydney no se si volveré, pero a Jarrod y a Jon les voy a echar mucho (muchísimo) de menos. Y a Australia también, que me ha tratado de maravilla y me ha enseñado muchas cosas de la vida y de mi misma.

Ahora vuelvo a estar en ese punto de no se si estoy contenta o nerviosa o triste o felicísima. Y no se qué tal va a ser Asia (o qué tal voy a ser yo en Asia). Bueno, en pocas horas salgo de dudas no así que por lo menos la incertidumbre me la voy a quitar rápido!

Jumping in Sydney

Amigüitos, la aventura Australiana pone su punto y final.

Cheers!

Alice Springs & The Outback

29 Jun

El domingo pasado emprendí camino hacia Alice Springs. Como ya os comenté en el anterior post, eso está, más o menos, en el medio de la nada. O del desierto, según queráis verlo.

Llegar hasta allí es costoso, por lo aislado que está. Pero aunque mi presupuesto mensual se quedara temblando no podía dejar pasar la oportunidad de pisar la arena roja del desierto australiano, de atravesar carreteras quilométricas en línea recta, o de admirar la puesta de sol en la Ayers Rock (Uluru para los aborígenes, The Big Rock para los colegas).

Puesta de sol en Uluru

Tras una noche en el encantador hostel Annie’s Place, el lunes a las 6 a.m empezaba nuestra aventura. Lo que siguió fueron 3 días de hiking y vistas espectaculares en Uluru, los Olgas y el Kings Canyon, de dormir bajo las estrellas (en un invento maravilloso llamado swag), de reírnos mucho y compartir anécdotas alrededor del fuego, de aprender sobre la cultura aborígen y de sentir que el frío mañanero y la inversión económica habían valido la pena.

Hiking en el Kings Canyon

The Olgas & The Valley of the Winds

Yo decidí hacer la incursión al desierto con el tour de 3 días que organiza Mulga’s Adventure. Los hay más largos (carísimos) y los hay más cortos (un palizón). Y también se puede hacer por libre, aunque yo no recomendaría pasarse de “aventurero”, porque el aislamiento de la zona y el desconocimiento de los viajeros son muy mala combinación. Especialmente cuando se atraviesa tierra aborígen sin tener ni idea de sus normas. Y sobretodo si se viaja solo, vale la pena poder compartir todas las emociones con otros viajeros. Aunque eso lo digo yo que he tenido una suerte tremendísima con el grupo, y me he sentido más acompañada en estos 3 días que en los últimos 2 meses de viaje.

Como veis hay muchas cosas que han cambiado (el escenario, la compañía, mis botas…), pero hay tradiciones que siguen intactas:

Jumping in The Olgas