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El resto de Camboya

22 Dic

Acabado el flipe de los templos de Angkor me dispuse a explorar un poco más Camboya. Tengo que decir que me dejó bastante fría lo que vi, pero que la gente con la que me encontré me dejó con la boca abierta.

Los camboyanos son sencillos, simpáticos, amables, súper educados, y muy muy cotillas. Y por algún motivo que no llegué a entender, todos tienen un gran interés en saber “cuántos hermanos y hermanas tienes”. Si viajáis hasta allí con la desgracia de ser hijos únicos, inventaros un consanguíneo y os evitaréis sus miradas compasivas y decepcionadas…

Lo que sorprende más de este carácter tan afable que se gastan es su pasado. Me parece increíble que un pueblo que ha vivido en guerra y ha sido abusado y masacrado durante su historia reciente pueda ser tan acogedor, confiado y sonriente.

Porque hay que pensar que desde que en el ’69 fueran bombardeados por los americanos en el marco de la guerra de Vietnam, Camboya ha vivido toda clase de penurias. La más significativa de ellas, tras 5 años de guerra civil, fue la llegada al poder de los jemeres rojos, que establecieron régimen dicatorial bajo el término del “socialismo budista” planteando una vuelta al modo de vida tradicional: aboliendo la moneda, impulsado el trabajo agrario, cerrando hospitales y, como plato fuerte, la puesta en marcha de programas de ejecución masiva. Sólo entre el ’75 y el ’79, mataron a 1.7 millones de Camboyanos (el 21% de la población) en los campos de exterminio. Hasta la muerte de Pol Pot, el líder del movimiento, en 1998 no hubo atisbos de cambio. Así que estamos hablando de una tragedia humanitaria que acabó hace poco más de 13 años.

Aún quedan muestras de esto, a modo de museo, y se pueden visitar cerca de Phnom Penh.

El museo Tuol Sleng, en la antigua prisión de máxima seguridad S-21, se encuentra en una antigua escuela que fue transformada por los jemeres rojos en una especie de cárcel y centro de torturas interrogatorios. La prisión vio pasar por entre sus paredes a 20.000 personas entre el 75 y el 79, de los que sólo 7 adultos sobrevivieron. Y como casi todos los genocidas conocidos, los jemeres documentaban sus torturas. El museo está lleno de fotografías (algunas antes y después de las torturas) de los “enemigos del régimen” que pasaron por allí. Hay incluso fotos de niños de 2 años. Para quitar el sueño.

Es estremecedor, especialmente porqu eel edificio sigue pareciendo una escuela, con su patio, sus aulas… y eso lo vuelve todo un poco más macabro si cabe. Como la visita me puso los pelos de punta y me dejó con bastante mal cuerpo no me quedó energía para ir a visitar los killing fields (uno de cientos) de Choeung Ek, que se encuentran a 14kms de la capital. Si tenéis la oportunidad de visitarlos y no sois unos blandos como yo, os lo recomiendo. Hacer turismo es muy bonito, pero los viajeros tenemos la responsabilidad de saber dónde estamos, y es una cuestión de respeto conocer la historia de los países que visitamos en especial cuando es tan cruel como la camboyana.

De Phnom Penh poco más a destacar. El mercado ruso para hacer compritas, el royal palace y a otra cosa mariposa. Ah, os diré que vi su majestad el rey de Camboya. Bueno, para ser sincera, le vi una manita así saludando desde el coche. Parece ser que coincidí con el día de la independecia del país, y el caballero salió a decir “hola” a sus súbditos, que le esperaban muy formalitos frente a su casa.

Desde la capital me trasladé a la playa. en autobús me fui hacia Kep, en la costa sur este, y desde allí me subí en un barquito que me llevó a Koh Tonsay (Rabbit Island). Allí me iba a quedar una noche y acabé quedándome 5. En esta postura:

Es una mini isla a la que se va a no hacer nada. A leer a la sombra del cocotero, a ponerse moreno (yo no eh, sólo los que tienen melanina), a descansar en el bungalow (por entre 5 y 10$ la noche), a ver ponerse el sol desde el agua, y a ponerse tibio de gambas y cangrejo a precios de broma. La felicidad.

Cuando empiezo a temer por mis niveles de ácido úrico, me voy a un poquito más arriba, a Kampot. Allí tenía muchas ganas de hacer la excursión a la Bokor Hill Station, unas ruinas en la montaña con un antiguo casino, un hotel y otros edificios abandonados, medio absorbidos por la jungla… pues bien, no vayáis. Se lo han cargado. Bueno, más bien al revés. Me explico: el megamagnate del país (el mismo que se queda con el dinero de la entrada de Angkor) ha comprado la zona, la está “reconstruyendo”, montando un campo de golf, un casino gigante y un hotel de 5 estrellas. Llego tarde… ya no hay ruinas, sólo obras. Disaster. Por suerte el paseo en barco para ver el sunset desde el río me remonta el día, y me deja relajadita relajadita.

Me quedo un poco a medias con Camboyia. Me han dicho que la zona del interior, la que sigue el Mekong en dirección a Laos y más al Oeste hacia Vietnam vale mucho la pena, que está “unspoiled” y que ofrece cosas mucho más interesantes y auténticas. Espero que sea verdad, y que otros tengáis el tiempo para comprobarlo. Yo no puedo ir así que ya me contaréis. Me las piro hacia Bangkok que tengo papeleo que arreglar…

 

Sabaidee Laos!

28 Oct

Tras 26 horas de bus desde Hanoi*, nuestra primera parada en Laos fue Luang Prabang. Este maravilloso pueblo es de visita obligada si pisáis el país, ya que tiene mucho que ofrecer y rebosa encanto por los 4 costados.

*consejito: Si hacéis esta ruta, cambiar a Kips nada más pasar la frontera. Luego no hay opción de hacerlo y normalmente los cajeros no funcionan. Nosotras acabamos PIDIENDO dinero para poder ir al WC (que vale 1000 o 2000kips)

Luang Prabang está situada en una escénica península bordeada por 2 ríos, el Mekong y el Nam Khan. Se la conoce como “La ciudad de los 1000 templos”. En realidad tiene 32 sólo en el centro (¡ahí es nada!) así que no es de extrañar que por todas partes aparezcan los típicos monjes vestidos de color calabaza. Estos protagonizan, además, una de las estampas más típicas de la ciudad: Cada día, con los primeros rayos de sol, salen a la calle a celebrar la Ceremonia de las Almas.

Lo que pasa allí os lo puedo describir, pero no os puedo expresar la emoción que se transmite. Los monjes salen a la calle, descalzos y armados con una vasija plateada, y desfilan frente a la gente del pueblo que les espera, arrodillada, en las calles. Al pasar frente a ellos, les dan arroz u otros comestibles que supondrán su sustendo durante el día. Y después hacen una hipnótica plegaria todos juntos, mientras la gente del pueblo arroja agua, muy despacito, en el suelo. Es todo muy mágico y muy místico. O tal vez sólo me lo pareció porque tenía mucho sueño… (Las 6 a.m. no son horas, en serio).

Otro de los highlights de Luang Prabang es el Night Market, mercadillo nocturno de “artesanía“, donde el regateo es una obligación. Aunque no os asustéis, aquí se regatea tranquilamente, en plan sosegado, sin apenas hablar (sólo marcando la contraoferta de precios en la calculadora que te ofrece el tendero de turno) y con una sonrisa en la cara. ¡Qué poquito estoy echando de menos Vietnam!

Podréis encontrar pulseritas y monederos de todo tipo por pocos céntimos, vestidos, pantalones, pañuelos… todo muy jipioso, eso sí. Lámparas, cuadros, palillos chinos, bolsos. En general es barato aunque nadie da duros a 4 pesetas. Lo que es bueno, se paga. Lo demás, probablemente lo hayan fabricado los vecinos del norte. Pero bueno, para apañar regalos no está mal y el paseíto es muy entretenido 🙂

Y lo mejor de todo, eso sí que es una ganga (a la vez que un lujazo) son los zumos. De día también los hay, pero por la noche, con el desfile de gente que pasea por el centro, es simplemente maravilloso sentarse a ver pasar al personal mientras disfrutas de un zumo recién exprimido de tus sabor favorito. El mío, manzana con limón. Cómo, ¿sólo 50 céntimos? Vale, me tomo otro.

Yum Yum!!

Y además de todo esto, Luang Prabang tiene edificios coloniales, muchos bares y restaurantes, cascadas a una hora de camino, la posibilidad de hacer cursos de casi cualquier cosa y conexiones de transporte directas con todo el centro y norte del país. Con este currículum, no me extraña que sea el destino favorito de los expats que viven en este espectacular país.

¡Muy bien Laos, empezamos con buen pié!

Diarios Vietnamitas, Vol. 5

15 Oct

Después de la preciosa aventura por las aguas de Halong, decidimos cambiar de escenario radicalmente y marcharnos a la montaña. Así, después de un breve descanso en la capital, nos marchamos para Sapa, casi en la frontera con China.

De esta zona montañosa llena de arrozales habíamos oído todo tipo de opiniones, muchas de ellas diciendo que no valía la pena. ¡Pues para mi se convirtió en el punto estrella de Vietnam! Al final las opiniones no son más que eso, y la experiencia de cada uno es incomparable e irrepetible. Allí nos esperaba nuestro héroe nicaraguense, de quien os hablé en la entrada anterior, y entre él, Isaac y Nuria formamos un equipo perfecto para descubrir el área. Vaya a ser que las compañías ayuden a que haya puesto Sapa en un pedestal… También diré que aquí me reconcilié con las gentes vietnamitas, ya que la mayoría de los habitantes de la zona viven con la sonrisa puesta y son amabilísimos.

Esta parte de Vietnam se caracteriza por tener un clima complicado, así que si tenéis pensado pegaros el palizón para subir hasta allí, mejor comprobad antes el tiempo. Nosotros tuvimos mucha suerte, con sólo un día de lluvia y niebla, aunque con eso nos bastó para entender de dónde viene la mala fama de la zona.

Sapa dentro de una nube

La actividad estrella en esta zona es hacer un trekking hasta uno de los poblados étnicos y pasar la noche allí con una familia Hmong. Todos los hoteles lo organizan, pero se puede hacer exactamente lo mismo por menos de la mitad organizándolo directamente con las mujeres de las tribus que venden artesanía por el pueblo. A nosotros nos acecharon a los 2 minutos de llegar. No puedo decir si la experiencia es buena o no, porque como al final nos pareció todo el mismo perro con distinto collar, decidimos pasar de todo y recorrer la zona con unas scooters alquiladas.

En los 4 días que le dedicamos tuvimos tiempo para ver cascadas, poblados, ayudar a los campesinos a desgranar arroz, colarnos (bueno, yo) en una escuela a flipar con las clases de inglés y de gimnasia, recibir saludos mientras conducíamos nuestras motos, jugar con niños e hincharnos a sopa de noodles (Phó) y paisajes. Para muestra:

Estilazo de Isaac desgranando arroz

Y entre todo este espectáculo, también me quedó tiempo para otra cosa.

¡¡¡¡PATADA VOLADORA!!!!

Diarios Vietnamitas, Vol.3

7 Oct

Desde Ho Chi Min City nos teníamos que desplazar en dirección al norte, hasta Hanoi.

Aquí varias dudas se planteaban.

La primera, dónde parar en el camino. Teníamos claro que el plato fuerte de Vietnam nos esperaba más al norte (en la bahía de Halong) y no nos apetecía “gastar días” así como así, parando por parar, en puntos intermedios. La zona de playas (de Mui Ne a Nha Trang) parece ser muy turística y poco más que una colonia rusa, y por encima de Hue tampoco había nada que nos llamara especialmente la atención. El debate estaba en visitar Hoi An o Hue. Al final nos decantamos sólo por la segunda, decisión de la que luego me he arrepentido un poco ya que, según he ido oyendo por ahí de otros viajeros, Hoi An es realmente bonito.

Aún así, la visita a Hué (donde sólo pasamos una noche) mereció la pena por la visita a la antigua Ciudadela. Esta antigua ciudad imperial, que data de 1804, sigue transmitiendo la belleza que seguro poseía en sus orígenes, aunque ahora solo queda en pié aquello que resistió los bombardeos americanos.

La segunda duda surgida fue qué medio de transporte utilizar para subir. Las opciones son limitadas: Autobús o Tren. El autobus (sleeping bus) es más barato, aunque pensábamos que podía ser un invento muy “guiri” (luego hemos visto que eso no es así y que los mismos locales se mueven en estos autobuses nocturnos). El tren, más caro pero más auténtico y, según habíamos leído por ahí, toda una experiencia. Así que tomamos una decisión salomónica e hicimos mitad y mitad. Llegamos hasta Hué en sleeping bus, que hay quien los encuentra incómodos, pero mi marmotismo y yo nos pasamos el viaje (unas 10h) durmiendo. Y de Hue hasta Hanoi en tren. Más confortable que el autobús (yendo en camarote de 4 camas y con “soft bed”), aunque para nada nos encntramos el choque cultural que nos habían prometido. No sé si fue casualidad, pero en nuestro tren no había vagones abarrotados, empujones, ni apenas vendedores ambulantes. Un tren muy tranquilito y muy recomendable.

Sleeping bus

Camarote tren

¿Lo mejor del trayecto? El descubrimiento gastronómico vietnamita. El zumo de azúcar de caña.

Y ahora ya sabéis en qué se ha basado mi dieta durante mi estancia en Vietnam.

Diarios Vietnamitas, Vol.2

4 Oct

El Delta del Mekong es uno de esos sitios que justifica por sí mismo la visita a Vietnam.

Empiezo por los contras: Hay que hacerlo en una excursión organizada (o gastarse muchísimo dinero, lo cual no es una opción dado nuestro budget). Y en Vietnam, tienen tours para todos pero una vocación de servicio nula. Así que te sientes un poco “ganado”, pero es el precio que hay que pagar por disfrutar de estas experiencias irrepetibles. ¡Ok, haremos el esfuerzo! 🙂

El tour por el delta del Mekong incluye navegar por el río Mekong haciendo “paraditas técnicas”, o como decimos nosotros, “ir a casa del primo” ya que siempre te pasan por la tienda al final. Pero aún así, ver como hacen el caramelo de coco, el papel de arroz o ir a los centros de discapacitados (por consecuencias de la guerra) que hacen piezas de artesanía es bastante interesante.

También te pasean en un Bambu Boat, una especie de canoa por la que te hacen una ruta por los canales del río. Te plantan el gorro tradicional en la cabeza, agarran los remos, y ¡venga!  ¿Sabes “El tren de la Bruixa”? Pues igualito pero con mosquitos 🙂

También te llevan a ver cocodrilos, y te enseñan los cantos tradicionales. Si queréis ver el vídeo, que sea bajo vuestra propia responsabilidad. Luego no me vengáis pidiendo explicaciones. Lo mejor de todo, encontramos a un posible malo-malote de cualquier película de Tarantino. No me digáis que no os lo imagináis sacando un revólver del banjo y liándose a balazos?? (aunque con los alaridos de sus compañeros, casi se lo agradeceríamos y todo…)

Señor Tarantinesco

La excursión incluye (todas son prácticamente iguales) una noche en Can Thó, un pueblo a orillas del río Mekong. Como la cena era por libre y estábamos un poco cansados del “para aquí, foto foto foto, sube al barco y vuelta a empezar” nos aventuramos a explorar el pueblo y acabamos cenando en un sitio muy local donde probablemente no había comido un blanco en la vida. Pedimos la cena por señas, apuntando con el dedo lo que queríamos, y aún así nos trajeron lo que quisieron ellos. Y en la mesa de al lado, teníamos a un grupo de 6 maromos revolucionados. Uno de ellos me tiraba cacahuetes  (creo que intentaba hacer colarlos en mi canalillo), nos invitaban a chupitos de “vietnamese whisky” que nunca supimos lo que es, y nos compraban bollos dulces en las vendedoras ambulantes. Momentazo.

 

Al día siguiente por la mañana, despertarse prontito para disfrutar del momento estrella de la excursión. El mercado flotante. Y ahí les perdono que me hayan llevado a golpe de silbato. Viendo cuadros así, lo demás no importa. Me siento afortunada de poder convertirme en “espía” de la vida de esta gente, poder observar como viven, como lavan sus platos o compran su fruta. Y como siempre, no se me ocurren las palabras para explicároslo. Suerte que mi cámara es mucho más elocuente que yo.

Os dejo con un cuento: A la mayoría de los barcos les pintan ojos en la proa. ¿El motivo? Antiguamente, estaba muy extendida la creencia de que el Mekong estaba habitado por monstruos (una serpientes de 9 cabezas y otros bichitos adorables), y que los barcos tuvieran ojos ayudaba a la tripulación a navegar, y a divisar los peligros que acechaban en las aguas. Y también pensaban que, si la serpiente veía esos grandes ojos mirándola desde arriba, creería que, en lugar de tratarse de un barco, era un monstruo mayor que ella.Y con ello, los tripulantes del barco estarían a salvo.

Me encanta.

 

 

Últimos dias en Bali

17 Sep

Bueno bueno, que se me acumula la faena! Hace más de una semana que salí de Indonesia y aún no os he hablado de mis últimos días allí.

La última semana en este país tan ¿contradictorio? la pasé en su mayor parte en Ubud. Puedo decir desde ya que es mi zona favorita de Bali. Es una zona muy turística, correcto, pero turística bien llevada. Allí me dediqué un poco a la vida contemplativa. Paseíto por aquí, zumito de aguacate por allá. Que si me voy de copas, que si me hago la pedicura… Lo normal, vamos!

Entre las cosas productivas, visité el Don Antonio Blanco Museum, que era una especie de genio loco con aires de Dalí y que pintaba cuadros que bien merecerían los dos rombos en su mayoría (cochinote!!). Su obra, psé. El edificio, rebonico.

Desde el tejado del Blanco Museum

Con mi compañera temporal de viaje, Angelika, hicimos un intento de road trip. Queríamos descubrir algún otro rincón mágico de la isla como Sidemen, pero la cosa se nos quedó en nada. Un par de vistas de postal a terrazas de arroz, probar el Kopi Luwak (el café más caro del mundo, de CURIOSA fabricación) y lo más interesante, otro encontronazo con la policía. No me preguntéis como, pero de nuevo nos libramos. Esta vez sin pagar ni un puto duro (ni dólar de singapur tampoco), y despidiéndonos del policia con un “Adiós Amigo!” y chocándole la mano. Una le acaba pillando el truquito a esto de la corrupción.

Kopi Luwak + otras delicatessen

Y otra de las actividades, digamos, “diferentes” para la colección de “batallitas que contar a los nietos”, fue que sin saber muy bien como acabé haciendo de modelo para una clase de Arte. Así que la resaca (es broma mami, que yo no bebo) del sábado la pasé haciendo posturitas delante de 20 aspirantes a artista y un Maestro. ¿A cambio? Una anécdota, 3 cuadros y 150,000rps. Como este es un blog para todos los públicos, os dejo uno de los sketches que me hicieron cuando aún llevaba el sarong. El momento “maja desnuda” lo guardo para cuando sea famosa y pueda subastarlo.

Pranoto Gallery

En Ubud me despedí de Yasmín, quien me abrió las puertas de su casa por segunda vez, y de Angelika, inmejorable compañera de aventuras por 2 semanas. Y puse rumbo a la playa para pasar mis últimos días en el país haciendo la lagartija.

En Nusa Lewongan encontré lo que creí perdido en Gili T. Una isla tranquila, con hoteles pero mucha vida rural y tradicional. Gente tranquila que te pregunta de dónde eres pero no te acosa. Niños que venden caracolas pero no te persiguen diciendo “money money money“. Sonrisas gratis. Allí la gente vive de las algas, y el turismo es casi algo anecdótico para ellos.

Y tras un par de días allí, relajándome y acostumbrándome a ese olor tan raro que tienen las seaweed, me volví a Bali. Poco más de 24h para ultimar mi visa vietnamita, ser fugitiva de la poli un par de veces, comer marisco a precio de risa, y tomar un poco más de playa (que no de sol) en Jimbarán en buena compañía.

Me voy de Indonesia con una sensación rara, sin saber si me ha gustado o no. Tal vez hablar de “Indonesia” sea muy osado, ya que el país es enorme y yo solo he visto de él una parte diminuta. Y tengo que asumir mi parte de culpa, tal vez he hecho malas elecciones estando aquí. ¿Se merece otra oportunidad? Mierda, otro país al que tendré que volver para despejar mis dudas. Así no acabaré nunca… 🙂

Last Stop: SYDNEY

7 Ago

La gigántica y masiva Sydney ha sido la última parada en la etapa aussie del viaje. Aunque si os digo la verdad, como broche final a mi no me ha deslumbrado demasiado.

Opera house

Que si, que la ciudad tiene su qué. Que las vistas del Harbour Bridge y de la Ópera son espectaculares, que ver el skyline desde el ferry hacia Manly es precioso. Que Chinatown lo mola todo (como en cualquier ciudad del mundo que tenga un Chinatown) y que Bondi Beach es un hervidero de modernos y tablas de surf donde te puedes pasar todo el día sólo mirando y haciendo fotos.

Pero para mi, todo lo que la ciudad tiene de bonita lo tiene de fría. Comparada con el resto de ciudades australianas, esta está absolutamente orientada al business: el CBD tiene poca vida (más allá de las “cañas post-oficina”) y los alrededores son una extensión interminable en que la gente vive “de puertas para adentro”. El único barrio que se salva es Surry Hills, zona céntrica llena de cafés con encanto, op-shops y pequeñas tiendas locales que le dan un carácter, por decirlo de alguna forma, muy melbourniense. Y eso, amigos, es lo que nos gusta 🙂

¡Pero no os vayáis a pensar que no he estado gusto eh! ¡¡Me lo he pasado teta!! Pero no gracias a la ciudad, si no gracias a quienes me han acompañado en estos últimos días. Mi amigo Jarrod vino desde Melbourne y me ayudó a explorar la ciudad y algunos landmarks de la zona. Hicimos una excursión a las Blue Mountains y al Featherdale Wildlife Park. El parque es divertidísimo. Vimos toda la fauna australiana habida y por haber: dingos, equidnas, un cocodrilo, emus, infinidad de koalas, serpientes (con su ránking de venenos y todo), lagartos, canguros, un pajaro con tupé al que rebauticé como Elvis, wallabies,… hasta un pavo real albino! Y claro, el Jarrod y yo disfrutamos como niños grandes que somos.

Jarrod alimentando a un Emu

Ina: - A ver qué tal las hojas de eucalipto... / Koala: - Será hijaputa.

Mi otro compi Jon también estuvo en Sydney por trabajo un par de días, así que cenamos en chinatown (moraleja: la comida taiwanesa es muy sosa…) uno de los días, y en el maravilloso-espectacular-delicioso-ultrarecomendable tailandés Spice I Am el otro. Este restaurante tiene un montón de premios de comida asiática, no admite reservas, tanto el precio como la comida pican un poco, siempre hay cola, y me tenéis que prometer que si vais a Sydney cenaréis allí. Y pediréis la Crisp Pork Belly w/ Basil (el núm. 33 de la carta) y desde entonces me tendréis adoración absoluta y me mandaréis un jamón por navidad. Se me cae la lagrimita de recordarlo.

A Sydney no se si volveré, pero a Jarrod y a Jon les voy a echar mucho (muchísimo) de menos. Y a Australia también, que me ha tratado de maravilla y me ha enseñado muchas cosas de la vida y de mi misma.

Ahora vuelvo a estar en ese punto de no se si estoy contenta o nerviosa o triste o felicísima. Y no se qué tal va a ser Asia (o qué tal voy a ser yo en Asia). Bueno, en pocas horas salgo de dudas no así que por lo menos la incertidumbre me la voy a quitar rápido!

Jumping in Sydney

Amigüitos, la aventura Australiana pone su punto y final.

Cheers!

Marlborough y de vuelta a Christchurch

27 Mar

Nuestra última semana en la isla del sur empezó en la zona de Marlborough.

Esta es conocida por sus vinos (que desgraciadamente no probamos) y sus sounds (que no llegan ni a la suela de los zapatos a Milford y nuestro adorado Doubtful).

Marlborough Sounds

No sé si os lo he comentado antes, pero estamos un poco hartas de “cosas bonitas“. Llevo tanto tiempo rodeada de paisajes exhuberantes que casi me apetece ver un polígono industrial, con sus grises chimeneas humeantes, apestosas y (sobretodo) feas. Pero bueno, mientras eso llega, me tocará seguir sufriendo las excelencias del paisaje neozelandés. Qué agonia!

Desde allí fuimos bajando por la costa este, haciendo parada en Kaikoura. Allí vimos (por enésima vez) una colonia de focas (¿cómo puede haber tantísimas?) y nos dimos un capricho de campeonas. Os dejo la prueba del delito:

Restos del Crayfish

Y entonces regresamos a dónde todo empezó. Al origen de nuestra aventura por la South Island, la ciudad en la que tantas expectativas habíamos puesto y que decidió desaparecer 5 minutos antes de nuestra llegada. Ese Christchurch que nunca veremos y que nos moríamos de ganas de conocer, que nos tuvo durmiendo en el suelo y que nos hizo huir tras 48h en el aeropuerto.

Durante 4 días hemos intentado reconciliarnos con ella, pero ha sido complicado. La ciudad, como tal, no existe. El centro está cerrado, gran parte de la población sigue, tras un mes, sin agua ni electricidad, la playa está contaminada y las casas más que castigadas. Cada persona tiene una historia para ponerte los pelos de punta. Y luego están las réplicas, cada día y cada noche, para nunca puedas olvidarte del todo de lo que pasó.

Suerte que existe couchsurfing, que nos ha dado lo mejorcito de Christchurch. Hemos conocido a Matt y a sus compañeros, y a sus amigos, y a sus preciosos perros. Y sus locas ideas y su casa alucinante. Entre todos nos han hecho sentir como en casa en una ciudad que nos echó “a patadas” nada más llegar. Thank you Matt, for making us feel home, and feel safe and happy all the time.

De nuevo la energía de la gente está por encima de todo lo demás. Y esta vez realmente lo necesitábamos.

Bien está lo que bien acaba. Y con esto acabamos nuestra ruta por la Isla del Sur. Wellington nos espera.

Golden Bay y Nelson

21 Mar

La Golden Bay es la región más al Norte de la isla sur de NZ.

Marea Baja

Los paisajes de esta zona tienen un encanto especial. Aquí quien manda es la marea, y en cuestión de horas una playa de blanca arena puede convertirse en otro trozo de mar.

Marea Alta

Es precioso, aunque tal vez nosotras no acertamos con la fecha. Es un area muy popular en verano, cuando se llena de gente y el tiempo acompaña. Pero ahora, que ya es otoño en este hemisferio, apenas encuentras gente en los pueblos, y a veces el tiempo te juega malas pasadas…

Carretera con "vistas espectaculares" (ida)

Carretera con vistas espectaculares (vuelta)

Ambas fotos están tomadas desde el mismo punto, con 2 días de diferencia. Suerte que a la vuelta la niebla nos dio una tregua, porque las vistas al valle eran alucinantes.

En nuestra ruta llegamos hasta arriba del todo de la isla. El extremo más Norte de la Isla del Sur, el Cape Farewell, está geográficamente más al Norte que Wellington, la ciudad más al Sur de la Isla del Norte. ¿Parece un trabalenguas, verdad? Bueno, no importa, el tema es que por allí hicimos un track de un par de horitas (el Farewell Spit) atravesando prados de ganado y bosque hasta llegar a la playa. Se puede hacer un camino más largo, pero se necesita un guía y hay que pagar (unos 100$), porque la ruta, debido a las subidas y bajadas de la marea, es demasiado peligrosa para hacerla por libre.

Saltando en el Farewell Spit, frente al Tasman Sea

Saliendo de la Golden Bay, nuestro siguiente destino fué Nelson. Es una ciudad de verdad. Pequeña (40.000h), pero de verdad. Con un centro que consiste en más de una calle (y eso no abunda, creedme!), con tiendas y cafés, con algo de vida nocturna (o al menos, bares que abren por la noche). Con mucha música en la calle y mucha más en los locales. Y mercados. Y gente en los parques. Y… pues eso, mucha vida! Lo estábamos echando un poco de menos. Así que gracias Nelson, por tu vida y por tus berries.

Yummie blackberries

Por cierto, esta parte del viaje no la hemos hecho solas. Durante unos días nos ha acompañado Sniki Piki IV, un ratón que decidió instalarse en la carcasa de nuestra furgoneta y comerse mi chocolate. Sniki, espero que hayas disfrutado del viaje aunque lo de marcharte sin despedirte es un poco de mala educación.

Despidiéndonos de Auckland

21 Feb

Esta ha sido nuestra última semana por estos lares.

La empezamos en Rotorúa, como bien sabéis por mi anterior post.

A finales de la semana pasada encontré una lista maravillosa donde aparecen 101 cosas que “debes” hacer alrededor del mundo. A mis 26 años llevaba 18, que creo que no está mal, pero se me ha metido entre ceja y ceja que antes de 2012 tengo que haber llegado a las 40.

En la lista aparece el Zorb (modo hamster: ON) y casualmente al ladito de nuestra casa había un par de sitios, pero por culpa del viento no pude hacerlo. Y cuando ya me pensaba que no iba a poder tachar nada de mi lista, Cathy y Dennys, de los que ya os hablé en el anterior post, tuvieron un detallazo alucinante. Tenían, desde hacía tiempo, un bono sin usar para hacer White Water Rafting, y nos lo ofrecieron. ¡¡Y eso también está en la lista!! Así que claro, yo dije que sí rápidamente. A Laura le dió un poco más de cosilla decidirse, pero al final se lió la manta a la cabeza y dijo la palabra mágica: yeah!

Pruebas fehacientes de que "Laura" y "rafting" pueden ir en la misma frase.

A ritmo de “paddle!!” y de “hold on!” recorrimos un tramo del río Kaituna, que es de grado 5 porque tiene una cascada, señoras y señores, de 7 m de altura. ¡Ahí es nada! Y nosotras, remo en mano y agua en boca (porque tragamos bastante) que lo disfrutamos.  ¡Genial la experiencia! Y genial un 19 de 101 en la primera semana de mi “reto” ¿no?

En Rotorúa asistimos también al Tamaki Maori Village. Esto es, hablando en plata, una trampa para guiris. Peeeeeeero había que hacerlo. Teníamos que probar el hangi, el método tradicional de cocina maorí que consiste en un horno bajo tierra en el que se cuecen los alimentos. Y tampoco  habíamos visto nada de danzas ni tradiciones de los primeros pobladores de estas islas. Así que pagamos los 101NZ$ por cabeza, que es un pastizal. Y la verdad, no vale tanto la pena. Es gracioso ver la haka, y tienen una recreación de un antiguo pueblo maorí, pero te sientes un poco como en Port Aventura. Y la comida no vale lo que pagas, ni por asomo. Pero bueno, ya está hecho. Si dicen que una vez al año no hace daño, una vez en la vida ni te cuento.

Falso guerrero maorí con los tatuajes de la cara y las piernas pintados a pilot.

El viernes nos despedimos de nuestros hosts y del smelly lake y nos plantamos de nuevo en Auckland. Este fin de semana, del 18 al 20 de febrero, se celebraba en la ciudad en Lantern Festival. O lo que es lo mismo, la celebración del año nuevo chino. Hay que tener en cuenta que la población china es la segunda mayor del país (hay más chinos que maorís) así que la celebración del Year of the Rabbit es todo un evento. Aquí lo celebran llenando el Albert Park de “lanterns”, que vienen a ser farolillos de diversas formas: Animales, insectos, plantas, dragones, tazas de te. Me recordaba un poco a las Festes de Gracia! Ah, y lo mejor de todo, el karaoke con canciones de ayer, de hoy y de china. Las risas que nos pegamos no tienen precio!

Lantern Festival (Auckland)

Además del festival, el sábado había varios mercadillos por la ciudad. Aquí todo va a horarios kiwis, así que muchos de los mercados cierran a las 12h. Y claro, si pendoneas un poquito la noche del viernes, está complicado llegar a tiempo… Pero los chicos nos llevaron al Mercado francés, que tiene un horario un poco más extenso (hasta las 14h). Más que francés es un mercado de comida europea/mediterranea. Todo llenito de puestos turcos, italianos, griegos…. ¡Hasta paella tenían! Aunque yo me decanté por una de mis debilidades,…

Boysenberry icecream

Así no hay quien se vaya de Auckland con mal sabor de boca!! 🙂

Como broche final, hoy nos hemos puesto todos muy guapos y nos hemos ido de bodorrio, y lo hemos celebrado con unas deliciosas pizzas de Jai. Madre mía, son insuperables!

Y con este fin de semana tan variado y tan bonito, nos despedimos de Auckland. Una ciudad que nos ha servido de hogar y de familia durante los 2 meses que hemos pasado en la isla Norte de NZ. La sensación de marcharte y no saber si volverás a poner los pies en un sitio o si volverás a ver algunas caras te deja el cuerpo un poco extraño. Pero aún así, nos llevamos una colección de recuerdos inmejorables, y una todavía mejor colección de amigos.

51 Calgary St

 

Bye Bye Auckland.