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Salió bonito

28 Jun

Ayer por la tarde di una charla sobre mi viaje por Oceanía en el Centre Cultural Teresa Pàmies.

Y qué bonito es compartir lo que te llena…

Me emocioné recordando vivencias y momentos. Y por ahí algunos han confesado que también se emocionaron escuchando 😉

Gracias a Laura, que la liamos en el último momento para subir a la palestra, a los compis que vinieron a darme apoyo, y a Ramón de FrikTrip por permitirme contar mi experiencia. ¡A ver si repetimos!

Charla “Oceanía: El Fin del Mundo”

18 Jun

Desde que terminó el viaje no me pasaba por aquí, pero vuelvo por una ocasión especial.
Como bien fui contando en este blog, desde finales de 2010 hasta principio de 2012 estuve dando vueltas por el mundo, y me lo tomé tan en serio que llegué hasta el otro lado!

Por ello, los amigos de Friktrip me han invitado a dar una charla en Barcelona sobre mi aventura por Oceanía.

Y me encantaría que vinierais a apoyarme!

Si seguiste el blog, si no lo hiciste y te arrepientes, si te estás planteando hacer las maletas, si te apetece viajar un ratito desde tu silla, o si quieres escuchar anécdotas sobre los kiwis y los canguros, te espero:

Miércoles 27, a las 19h
Centre cultural Teresa Pàmies (Centre Cívic Urgell)
C/ Comte d’Urgell, 145

Nos vemos!

Must: Myanmar

3 Ene

Myanmar (o Birmania) es el país de las experiencias, de los contrastes, del no dar crédito. Y siempre en positivo.

Confirmo que es, hasta el momento y sin lugar a dudas, el país en el que más acogida me he sentido. Los Birmanos se merecen… Se merecen las sonrisas que tienen, y se merecen el cambio que les está llegando, y se merecen colores y oportunidades, porque sin tenerlas han sabido crecer en el lado optimista y brillante de la vida. Me han robado el corazón.

El país es un diamante en bruto, precioso y poco explotado, así que hacedme un favor y NO VAYÁIS, que yo tengo ganas que volver y no quiero que me lo estropeéis ;).

Conocer la historia reciente del país todavía le da más valor a la felicidad que te contagian los lugareños, porque (sin extenderme mucho), para los que lo no sepáis, Myanmar ha vivido 50 años de dictadura militar. Sólo hace un par de años tuvieron estrenaron su primer gobierno “civil”, aunque la junta militar sigue con las manos en la masa. Los países occidentales están empezando a desbloquear la economía del país (para que os hagáis una idea, no hay bancos ni cajeros en todo el territorio donde poder usar tu tarjeta de crédito), aunque todavía les queda un largo camino por recorrer. Tiempo al tiempo. Y yo de vosotros no esperaría a que eso ocurra para poner los pies allí, porque con la bonanza vendrán las perspicacias y la explotación turística, y con ello -siento hacer de pitonisa malrollera- se perderá la magia. Tic tac.

Datos prácticos:

Visado. Hay que llevarlo de antemano, no hay otra. Si estáis en Europa, creo que hay que mandar el pasaporte a la embajada en Berlín. Si estáis de viaje y pasáis por Bangkok, es vuestro momento de arreglar el papeleo. Os mando directamente a la página de mi “gurú” y autoproclamado embajador de Birmania en el mundo. No encontraréis información más clara en español (gracias Robert!). Aún así, double-check antes de liaros, porque las cosas pueden cambiar de un día para otro.

– Dinero. Como os he dicho, no hay cajeros así que hay que llevar dinero en metálico. Concretamente, dólares americanos nuevecitos. Si están doblados, marcados, arrugados o manchados no os los aceptarán o os harán el cambio a peor. También hay algunos números de serie non-gratos. Os recomiendo una cartera larga y rígida donde poder colocar a vuestros verdes amiguitos sin riesgo. El kyat birmano está muy devaluado, así que prepararos para jugar a los millonetis durante unos días:

cambio de 300$

– Ruta. Hay zonas bloqueadas a los turistas, y otras a las que sólo se puede llegar en avión (cuyo dinero va directamente a la milicia, por lo que se recomienda evitarlo). Así que se necesita un poco de previsión para moverse. El Big Four es Yangon – Mandalay –  Inle – Bagan.

Yangon (la capital) no da para más de uno o dos días, aunque la Swedagon Pagoda bien merece una visita. Mandalay en sí no tiene nada, pero está estratégicamente colocada para ser campamento base y visitar Amarapura, Sagain e Inwa. El Inle lake ya es otra historia, es turístico pero muy bonito, y si podéis llegar hasta él andando desde Kalaw, en un trekking de 3 días (recomiendo hacerlo con Mr. Sam) os llevaréis un recuerdo precioso e imborrable de la zona. Y Bagan, Bagan, Bagan… impresionante, y punto. Qué putada que se me estropeara la cámara de fotos nada más llegar, me hubiera encantado enseñaros la puesta de sol con las miles de pagodas asomadas por la llanura. Os puedo decir que es, literalmente, de lagrimita. También tuve la suerte de visitar Hsipaw, un minipueblo monísimo (en el que hacía un frío de la leche) desde el que volví en tren a Mandalay cruzando el Gokteik brigde (tiene 100 años, y en su día fue el 2º más alto del mundo), en un divertidísimo viaje en tren. Y me quedé con las ganas de subir al norte hasta Myitkyina, que le tenía muchas ganas, pero hubo revueltas y el gobierno bloqueó la entrada de turistas. Es lo que pasa cuando no hay libertad de prensa, a los que no puedes controlar les prohibes la entrada y te ahorras cámaras de fotos indeseadas.

¿Y qué mas? Pues todo esto:

































Sigo flipando.

Por cierto, ¡FELIZ AÑO A TODOS!

Soon U Ponya Pagoda, Sagain, Myanmar

Los templos de Angkor

15 Dic

Cruzar la frontera entre Thailandia y Camboya por Aranyaprattet requiere un ejercicio de contención de nervios, paciencia y buena suerte que no todos son capaces de sortear con elegancia. Ni sin ella, para qué engañarnos. No me voy a extender en el tema porque la red está llena de blogs y consejos sobre como cruzarla de la forma menos dolorosa (y más económica) posible pero voy a comentar 2 cosas que a mi me ayudaron:

1) Informaros bien. Usad todos esos recursos a vuestro alcance e id preparados (en especial mentalmente) para cualquier eventualidad. Leer sobre las experiencias de otros viajeros, sobretodo las más recientes, para saber qué nuevo tipo de scam se han ingeniado para rascarnos los dólares. Cuanto más sepáis sobre el tema, menos constituiréis un blanco para los timadores.

2) Si sois viajeros individuales como servidora, sacad vuestras dotes de socialización e intentad agruparos con gente antes de cruzar. Ir en grupo siempre ayuda a rebajar la tensión, 4 ojos ven más que dos y, muy especialmente, vuestro poder de negociación se multiplica.

Con estos dos consejitos y un par de valerianas estaréis sanos y salvos. Y os prometo que vuestros esfuerzos serán recompensados, porque lo que os espera al otro lado de la frontera es simplemente para quitarse el sombrero.

Y no me estoy refiriendo a la amabilidad y simpatía permanente de los camboyanos, ni a los mantos de todos los verdes imaginables en los campos de arroz, ni a los preciosos pueblitos de bambú que os cruzaréis en el viaje…

Me estoy refiriendo a los Templos de Angkor, que para la mayoría constituyen la Perla del sureste asiático. Y no es para menos, ya que el complejo de templos hindús (que incluye Angkor Wat, el mayor edificio religioso del mundo) representa la perfecta combinación entre creatividad y espiritualidad en la que fuera la capital del antiguo imperio Jemer. El precio, teniendo en cuenta que es uno de los países más pobres del mundo, es bastante elevado (20$ por la entrada de un día o 40$ por la de 3) y duele pagarlo sabiendo que van a parar directamente a capital privado, pero después de un par de horas allí se te pasa el dolor del monedero y el sarpullido en la conciencia. Y pasas a sufrir de dolor de pies, alergia a los japoneses y agotamiento crónico en la cámara de fotos.

La visita se puede hacer en moto, bici (una pequeña locura si tenemos en cuenta que el perímetro de el principal grupo de templos es de 45kms), o en tuk-tuk. Incluso en elefante, aunque a mi esas horteradas no me van. Además, hace unos años en la India tuve una mala experiencia cunado fui vilmente secuestrada por un conductor de elefante que me exigia una propina (un peaje, diría yo) por dejarme bajar del bicho. Yo me hubiera quedado allí todo el día discutiendo si no fuera porque el animal estaba acatarrado y cada vez que estornudaba me ponía fina con esa trompa que parecía un aspersor de gelatina verde. Esa traumática anécdota supuso el fin de mi relación con los elefantes, y desde entonces no puedo evitar mirar Dumbo con recelo.  Resumiendo, que yo vi los templos en tuk-tuk. Barato, práctico y mucho menos arriesgado.

Los días son agotadores, física y sensorialmente. Porque lo que hay allí, señores, no hay palabras suficientes para que ustedes lo entiendan. ¡Qué maravilla! Si intentas mentalmente reconstruir cómo debió ser aquello en su momento de máximo explendor puedes sentir el efecto dominó en tus neuronas, que se van desmayando una a una. Templos los hay para todos los gustos: grandes o pequeños, de piedra o de tochos, reconstruidos o en ruinas,… Normal, habiendo más de 1000 es lógico que tengamos donde elegir. Yo personalmente me decanto por los menos transitados y que han sido “tomados” por la jungla, con esos árboles de raíces gigantes abriéndose paso entre las piedras. Algunos crecen, literalmente, sobre ellas. Me parece de lo más poético. Es como si la naturaleza nos hablara, nos reclamara el espacio que un día le arrebatamos sin preguntar para construir nuestros santuarios.

Sobre Angkor Wat, la niña bonita del grupo, diré que es enorme y espectacular. Aunque como bien sabéis, si hay una palabra que aterra a todo turista (al turista de catedrales, no al de litronas en Salou) es: andamio. Que yo entiendo que hay que reparar y limpiar y arreglar para que las cosas estén bonitas, pero ya podrían haber elegido otro día para ello. O al menos haber puesto lonas más discretitas, que ese verde no hay photoshop que lo disfrace…

Cerquita de los templos hay otras cosas interesantes de ver, como las cascadas o los Floating Villages. Así que mi último día pasé media jornada subida en un barco explorando estos mágicos pueblos. No es la primera vez que veo algo así (ni la segunda) pero nunca deja de sorprenderme cómo un río puede articular todos y cada uno de los aspectos de la gente que vive allí.



También hay que decir que esto pasó el día 8 de noviembre, en que servidora cumplía un año de viaje. Y lo celebré haciendo algo que, al menos yo, no hago todos los días. No solo flipando con los templos y los pueblos, sino conduciendo el barco por el río de vuelta a casa. ¡Tengo pruebas!

Yo encantada por llevar semejante armatoste, y el conductor encantado porque alguien estaba haciendo su trabajo. Win – Win.

Termino recomendando alojamiento en Siem Reap: Siem Reap Rooms Guesthouse. Entra en la categoría de budget accomodation, y aunque en Siem Reap podéis encontrar cosinas más baratas os aseguro que quedarse aquí vale mucho la pena. No deja de ser económico, está muy bien situado, muy limpio y lo lleva una pareja de canadienses que son viajeros experimentados, por lo que saben lo que los backpackers necesitamos. Están siempre dispuestos a ayudarte, y lo hacen sin atender a comisiones o sobornos de otros negocios. Y os aseguro que todo eso, tras un día eterno visitando Angkor, se agradece.

El norte de Laos

10 Nov

La última semanita en este genial país asiático tocó darle caña al norte.
Desde Luang Prabang cogimos un barquito en dirección a Nong Khiaw, un mini pueblito al lado del río entre 2 montañas, un enclave de lo más espectacular. El pueblo en sí no tiene mucho, es chiquitín chiquitín, pero el trayecto en barco hasta allí (5h) es de los más bonitos que se pueden hacer por estos lares. Tenía muchas ganas de hacerlo porque varios viajeros nos lo habían recomendado, y la verdad es que me encantó, tengo las imágenes grabadas en la retina. Pero sólo en la retina, no se por que pero no hice fotos así que os tendrés que fiar de mi palabra. O mejor, ¡os vais para Laos y lo comprobáis por vosotros mismos!

Desde allí, un trajecto en autobús (en 2 autobuses, para ser exactos) nos acercó a Luang Nam Tha, otro pueblo en las montañas. Es famoso por los trekkings de montaña, pero tal vez demasiado famoso, así que los precios están un pelín hinchados. Pero la buena noticia es que, a escasos 60kms hay otro pueblo, llamado Muan Sing, en el que se ofrecen los mismos trekkings a un precio mucho más competitivo. Consejito: los que viajan por libre deberán quedarse en Luang Nam Tha, porque pueden acogerse a algún grupo de trekking abierto. Los viajeros en grupo, miniván y para Muan Sing ya que os harán el trek para vosotros y os saldrá mucho mejor. Las opciones son infinitas. Excursiones de 1 a 5 días, bien por la jungla, por el parque nacional o para ver a las minorías étnicas que viven en las montañas.

Nosotros nos decantamos por la última opción, 2 días de pateo durmiendo en una Akha Village, por el módico precio de 35$ (todo incluído). Y digo “nosotros” porque en Muan Sing, Nuria y yo nos reencontramos con Carlitos y Felipe, los chilenos que conocimos en Halong Bay. Compañía inmejorable para una experiencia inolvidable. Good times!

El tour empezó visitando un templo budista, donde pude aprovechar para preguntarle a nuestro guía Som Chai algunas dudas y para sacar algunas fotos de los monjes.

En el camino visitamos varios pueblos, cruzamos jungla, fuimos atacados por sanguijuelas (asco de bichos), comimos caña de azúcar, y nos lo pasamos en grande. Dormimos en una cabaña elevada de bambú e incluso nos dieron un masaje tradicional, que después de tanto andar durante el día, nos dejó como nuevos.
Como siempre, mejor os enseño las fotos porque nada de lo que diga serviría para ilustrarlo mejor.





ESTO es el poblado



y AHÍ me "duché"



Y por supuesto, qué mejor lugar para hacer lo que tan bien se me da 😉 Ya se que este salto no es muy espectacular, pero me entró pánico escénico. Detrás de Carlitos había unos 15 aldeanos alucinando con la idea de que alguien (en este caso: YO) estuviera haciendo el canelo mientras intentaban robarle el alma…

Después de esto (insertar carita triste aquí) llegaron las despedidas. Después de un mes y medio con Nuria (no la llamaré La Nuri que se enfada) y de este reencuentro con los chilenos más majos que ha parío madre, de marché solita para Thailandia. Aunque eso ya os lo contaré otro día.

El sur de Laos

3 Nov

La segunda etapa en Laos la invertimos en recorrer un poco el sur del país. Esta parte normalmente es ignorada por los viajeros (excepto por los que van o vienen de Camboya) lo cual, a mi parecer, es un error. El sur es auténtico, inexplorado y precioso.

Algo a comentar sobre viajar a través de Laos: los viajes en autobús son largos (eternos, diría yo) y tediosos. Los autobuses locales son dignos de una peli de Hallowen (¡¡evitarlos!!)y los autobuses VIP o Sleeping Bus, aunque mejores, no son la octava maravilla. Las carreteras son complicadas y los conductores tienen la habilidad de conducir como animales aún sin pasar de los 40kms/h. Lo divertido de todo esto, es que es casi la única opción que tenéis, ya que no hay tren. ¡Así que paciencia!

bus local

En nuestra primera ruta, de Luang Prabang nos fuimos directamente hacia Paksé y de allí en minivan hasta Si Phan Dong (también conocido como las 4000 islas). En Vientián, la capital, sólo hicimos paradita técnica de unas horas para cambiar de autobús, pero no tiene ningún interés (para mí).
Las 4000 islas es la zona más al sur del país, en la frontera con Camboya. Es también el lugar donde el Mekong se hace más ancho, y está salpicada de cientos de islas e islotes separados por las marrones aguas del gran río. Bueno, marrones en esta época del año, porque según nos cuentan, en la estación seca sus aguas se vuelven cristalinas y es todo un espectáculo. A mi, con sus turbulencias y su color café con leche me pareció de lo más dramático.
Por 3€ cogimos un bungalow frente al agua (ducha fría, eso si) en Don Det, y por otro euro alquilamos una bici con la que fuimos a recorrer Don Khong, la isla vecina. Tranquilidad absoluta y escenarios de documental de National Geographic. Sólo un consejito, revisar bien la bici, la de Nuria estaba rota y tuvo que empujarla todo el camino de vuelta…

en Don Khong descubrí por qué les llaman Búfalos de Agua

Después de unos días de relax, deshicimos camino y nos encaminamos de nuevo a Paksé. La ciudad no tiene nada, pero la intención era recorrer el área de Champasak en moto. Pero nos desanimamos al ver la previsión de lluvia, lluvia y más lluvia para los próximos días. Y qué pasa cuando te desanimas? Que la vida te da una colleja y te dice “¡Espabila, Antonia!“.
Resulta que en todo el país se estaba celebrando el Awk Phansaa, para celebrar el fin de la estación de las Lluvias. Y en Paksé, que apenas tiene turistas, esta fiesta toma un aire cercano y tradicional. Toda la ciudad se engalana, el río se llena de barcos con velas encendidas y ¡hasta el cielo se ilumina! No sabemos ni como, acabamos acompañando a 2 monjes jovencitos durante horas, o más bien ellos nos acompañaban a nosotras, que nos hicieron mandar farolillos cargados de deseos al cielo. Fue emocionante y fue precioso.


Al día siguiente, aún con la emoción latente y con energía renovada, nos subimos a un autobús en dirección a Tha Khaek. Es otra de esas ciudades con poco que dar, pero ubicada en un fantástico enclave, que la convierte en perfecta opción como campo base. Desde allí alquilamos una moto y nos marcamos unos nada desdeñables 380 kms en 2 días. Fuimos a visitar la Kong Lo Cave, una cueva famosa por su tamaño (nada más y nada menos que 7’5kms de tunel). La cuenva en sí, correcta. Pero el camino… ¡el camino de lagrimita! ¡De lo más bonito que he visto en los últimos meses! Y el pueblo de Kong Lo, en el que pasamos la noche, totalmente de postal. Niños persiguiéndonos en sus bicis, un único restaurante que abría para que nosotras pudiéramos desayunar, búfalos cruzando la calle y casitas elevadas de bambú. Aix!

Vistas de camino a Kong Lo

La Nuri paseando por el pueblo

Y de vuelta a Tha Khaek, otra sorpresita. Resulta que tras el festival del que os he hablando antes, viene el Bun Nam (Water Festival) en el que tienen lugar carreras de barcos por todo el Mekong. Cuál es nuestra sorpresa cuando, a unos 60 kms de destino, en un pueblo que no sale en los mapas, nos encontramos los festejos. ¿Vamos un rato, no? Y para sorpresa la de los lugareños cuando vieron llegar a 2 blancas (doy fe de que eramos las únicas, probablemente las únicas en los últimos 10 años) así que se hincharon de ofrecernos cerveza, de hacernos fotos, de hablarnos, de comentarnos, de… vamos, que al cabo de una horita nos sentíamos tan observadas que huímos. Pero muy bien, muy interesante. ¡Gracias, Laos, por tus sorpresitas!

Desde allí nos volvimos para Luang Prabang (campo base oficial) pasando de largo (de nuevo) de Vientián y de Van Vieng. Por la primera, nada que objetar. Por la segunda me quedé un poco con la espinita, porque aunque el tubing no es lo mío, los alrededores (esta vez hicimos el trayecto de día) son es-pec-ta-cu-la-res. Bien hubieran merecido otro road trip en moto para explorarlos. Tendrá que ser a la próxima…

Diarios Vietnamitas, Vol. 5

15 Oct

Después de la preciosa aventura por las aguas de Halong, decidimos cambiar de escenario radicalmente y marcharnos a la montaña. Así, después de un breve descanso en la capital, nos marchamos para Sapa, casi en la frontera con China.

De esta zona montañosa llena de arrozales habíamos oído todo tipo de opiniones, muchas de ellas diciendo que no valía la pena. ¡Pues para mi se convirtió en el punto estrella de Vietnam! Al final las opiniones no son más que eso, y la experiencia de cada uno es incomparable e irrepetible. Allí nos esperaba nuestro héroe nicaraguense, de quien os hablé en la entrada anterior, y entre él, Isaac y Nuria formamos un equipo perfecto para descubrir el área. Vaya a ser que las compañías ayuden a que haya puesto Sapa en un pedestal… También diré que aquí me reconcilié con las gentes vietnamitas, ya que la mayoría de los habitantes de la zona viven con la sonrisa puesta y son amabilísimos.

Esta parte de Vietnam se caracteriza por tener un clima complicado, así que si tenéis pensado pegaros el palizón para subir hasta allí, mejor comprobad antes el tiempo. Nosotros tuvimos mucha suerte, con sólo un día de lluvia y niebla, aunque con eso nos bastó para entender de dónde viene la mala fama de la zona.

Sapa dentro de una nube

La actividad estrella en esta zona es hacer un trekking hasta uno de los poblados étnicos y pasar la noche allí con una familia Hmong. Todos los hoteles lo organizan, pero se puede hacer exactamente lo mismo por menos de la mitad organizándolo directamente con las mujeres de las tribus que venden artesanía por el pueblo. A nosotros nos acecharon a los 2 minutos de llegar. No puedo decir si la experiencia es buena o no, porque como al final nos pareció todo el mismo perro con distinto collar, decidimos pasar de todo y recorrer la zona con unas scooters alquiladas.

En los 4 días que le dedicamos tuvimos tiempo para ver cascadas, poblados, ayudar a los campesinos a desgranar arroz, colarnos (bueno, yo) en una escuela a flipar con las clases de inglés y de gimnasia, recibir saludos mientras conducíamos nuestras motos, jugar con niños e hincharnos a sopa de noodles (Phó) y paisajes. Para muestra:

Estilazo de Isaac desgranando arroz

Y entre todo este espectáculo, también me quedó tiempo para otra cosa.

¡¡¡¡PATADA VOLADORA!!!!

Diarios Vietnamitas, Vol.3

7 Oct

Desde Ho Chi Min City nos teníamos que desplazar en dirección al norte, hasta Hanoi.

Aquí varias dudas se planteaban.

La primera, dónde parar en el camino. Teníamos claro que el plato fuerte de Vietnam nos esperaba más al norte (en la bahía de Halong) y no nos apetecía “gastar días” así como así, parando por parar, en puntos intermedios. La zona de playas (de Mui Ne a Nha Trang) parece ser muy turística y poco más que una colonia rusa, y por encima de Hue tampoco había nada que nos llamara especialmente la atención. El debate estaba en visitar Hoi An o Hue. Al final nos decantamos sólo por la segunda, decisión de la que luego me he arrepentido un poco ya que, según he ido oyendo por ahí de otros viajeros, Hoi An es realmente bonito.

Aún así, la visita a Hué (donde sólo pasamos una noche) mereció la pena por la visita a la antigua Ciudadela. Esta antigua ciudad imperial, que data de 1804, sigue transmitiendo la belleza que seguro poseía en sus orígenes, aunque ahora solo queda en pié aquello que resistió los bombardeos americanos.

La segunda duda surgida fue qué medio de transporte utilizar para subir. Las opciones son limitadas: Autobús o Tren. El autobus (sleeping bus) es más barato, aunque pensábamos que podía ser un invento muy “guiri” (luego hemos visto que eso no es así y que los mismos locales se mueven en estos autobuses nocturnos). El tren, más caro pero más auténtico y, según habíamos leído por ahí, toda una experiencia. Así que tomamos una decisión salomónica e hicimos mitad y mitad. Llegamos hasta Hué en sleeping bus, que hay quien los encuentra incómodos, pero mi marmotismo y yo nos pasamos el viaje (unas 10h) durmiendo. Y de Hue hasta Hanoi en tren. Más confortable que el autobús (yendo en camarote de 4 camas y con “soft bed”), aunque para nada nos encntramos el choque cultural que nos habían prometido. No sé si fue casualidad, pero en nuestro tren no había vagones abarrotados, empujones, ni apenas vendedores ambulantes. Un tren muy tranquilito y muy recomendable.

Sleeping bus

Camarote tren

¿Lo mejor del trayecto? El descubrimiento gastronómico vietnamita. El zumo de azúcar de caña.

Y ahora ya sabéis en qué se ha basado mi dieta durante mi estancia en Vietnam.

Selamat Datang di Indonesia!

19 Ago

El día 8 me planté en el aeropuerto de Denpasar, Bali (Indonesia) y nada más aterrizar ya empecé a hacerme una idea de lo que es este país. Mil colas, gente por todas partes, locales hablándote constantemente,… aún no he salido del aeropuerto y ya me han intentado timar 2 veces. ¡Mamma mia! Suerte que venía avisada…

Una vez recopiladolo importante (a saber: visado de 30 días, 1 millón de rupias equivalente a unos 80 euros, y mi maleta) me dirijo al mostrador de los taxis. Porque esa es otra, taxis los hay de todos tipos y colores, pero si no quieres tener que pelearte por el precio al final, o que te cobren el doble que a los locales, vete al mostrador del aeropuerto, con taxis de prepago y precio cerrado.

Durante el camino empiezo a ver cambiar el paisaje, volviéndose cada vez más verde -aunque no menos caótico- según me alejo de la ciudad. De todo, lo que más me llama la atención son las cometas. Todo el cielo está salpicado de ellas. De todos los colores, formas y tamaños. Mi taxista me cuenta que es un hobby nacional: te vas al campo, vuelas tu cometa, la atas a un árbol, y luego te vas a casa para ver lo bonita que es. Un planazo total.

Cometas en el cielo balinés

A las 18h me planto en Ubud. Por favor, redoble de tambores: ¡¡Me reencuentro con Laura!! Después de mi aventura en solitario por Australia, vamos a pasar una semana juntas antes de que ella se vuelva para España. 🙂

Ubud es muy, muy bonito. Y muy, muy turístico, pero no me importa demasiado, porque lo maravilloso del entorno hace que le perdones todo lo demás. Sólo paso 48 horas allí, pero me hace sospechar que tendré que volver para explorarlo un poco más a fondo.

En Ubud visito en Monkey Forest Sanctuary, donde unos monos diabólicos trepan sobre los turistas y amenazan con robarte hasta el carné de identidad. No os fiéis de su mirada de corderito degollado, es todo pura estratégia para pillarte desprevenido.

Evil Monkey (Mono malote)

También vamos Samuan Tiga, un templo alejado del circuito turístico, por lo que es mucho más tranquilo que los demás (básicamente estamos solos en él). ¡Qué bonitos son los templos por aquí! Son sencillos pero majestuosos, y si miras atentamente descubres pequeños detalles que los vuelven mágicos.

Samuan Tiga

Ofrendas

Pots

Una de las muchas jaulas de pájaro

Por la tarde damos un paseo por los arrozales. Bueno, yo paseo. Laura los ve un poco más de cerca… jajajaja Y el casco de Björn, el alemán que nos acompaña, acaba dandose un bañito en el arroyo. ¡Eso le pasa por reírse de mi amiga! 🙂

Rice Paddies

De camino a casa, a Laura y a mi (que voy de paquete) nos para la policía. Vale que no llevamos casco y ni Laura tiene carné internacional, pero antes de entonar el mea culpa, dejadme aclarar un par de cosas:

– He visto niños de 10 años conduciendo. Permítanme dudar que tengan carnet.

– El récord de personas sobre una moto, de momento, asciende a un total de 5.

– ¿Casco? Ni el Tato lo lleva.

El hecho de que nos paren a nosotras se puede resumir de una forma muy sencilla: La policía es corrupta. Y no lo digo yo, incluso los locales lo confirman. Así que la práctica más habitual es parar a turistas aleatoriamente y encontrar cualquier justificación para ponerles una multa. Pero en lugar de procesar dicha multa, te ofrecen la posibilidad de “pagarla al momento”. Vamos, que sueltes pasta, que el hombre se quiere comprar un apartamento en la playa.

Método de actuación:

1) Pretender que no hablas ni una sola palabra de inglés. Y por supuesto, tampoco de bahasa.

2) Sonreír, somos súper majas y súper inocentes, y no nos enteramos de nada. Pobrecitas niñas blancas.

3) Y la más importante: llevar el dinero separado en bolsillos para que el policía no sepa cuánto tienes. Lo que vea te lo va a pedir.

Al final, con estos truquis, la “multa” se quedó en 2$ de Singapur, que son el equivalente a 1’20€. Estos balineses son unos cutres, ¡pero gracias por la anécdota, señor policía!

Con todo esto se nos pasa el día, pero todavía me quedan ganas de más. Por la noche me voy al Palace a ver un espectáculo de Danzas Balinesas. Cinco chinitas, un chinito y un dragón que intentan contar una historia que no entiendo, pero que creo que acaba bien. Y es muy bonito, qué queréis que os diga. Aunque lo de que las chinitas no pestañeen y muevan los dedos en plan niña del exorcista me provoca sentimientos encontrados…

Danzas balinesas. Por favor, atención al detalle de los deditos.

Al día siguiente nos dedicamos a la vida contemplativa hasta las 14h. A esa hora empieza un viaje de 30 horas que nos llevará hasta la isla de Java, aunque eso mejor os lo cuento en otro post.

Selamat tinggal!

Alice Springs & The Outback

29 Jun

El domingo pasado emprendí camino hacia Alice Springs. Como ya os comenté en el anterior post, eso está, más o menos, en el medio de la nada. O del desierto, según queráis verlo.

Llegar hasta allí es costoso, por lo aislado que está. Pero aunque mi presupuesto mensual se quedara temblando no podía dejar pasar la oportunidad de pisar la arena roja del desierto australiano, de atravesar carreteras quilométricas en línea recta, o de admirar la puesta de sol en la Ayers Rock (Uluru para los aborígenes, The Big Rock para los colegas).

Puesta de sol en Uluru

Tras una noche en el encantador hostel Annie’s Place, el lunes a las 6 a.m empezaba nuestra aventura. Lo que siguió fueron 3 días de hiking y vistas espectaculares en Uluru, los Olgas y el Kings Canyon, de dormir bajo las estrellas (en un invento maravilloso llamado swag), de reírnos mucho y compartir anécdotas alrededor del fuego, de aprender sobre la cultura aborígen y de sentir que el frío mañanero y la inversión económica habían valido la pena.

Hiking en el Kings Canyon

The Olgas & The Valley of the Winds

Yo decidí hacer la incursión al desierto con el tour de 3 días que organiza Mulga’s Adventure. Los hay más largos (carísimos) y los hay más cortos (un palizón). Y también se puede hacer por libre, aunque yo no recomendaría pasarse de “aventurero”, porque el aislamiento de la zona y el desconocimiento de los viajeros son muy mala combinación. Especialmente cuando se atraviesa tierra aborígen sin tener ni idea de sus normas. Y sobretodo si se viaja solo, vale la pena poder compartir todas las emociones con otros viajeros. Aunque eso lo digo yo que he tenido una suerte tremendísima con el grupo, y me he sentido más acompañada en estos 3 días que en los últimos 2 meses de viaje.

Como veis hay muchas cosas que han cambiado (el escenario, la compañía, mis botas…), pero hay tradiciones que siguen intactas:

Jumping in The Olgas